Sobre invasiones y otros criterios del mar
El criterio del derecho al mar de Bolivia fue ganando adeptos, en parte por la solidaridad que genera un país esencialmente pobre que fue golpeado a traición por lo que era una potencia militar
Han pasado ya tres años y medio desde que volvimos a perder el mar, esta vez en La Haya y después de un largo proceso de juicio que llegó a ilusionar a todo el país. A todo, porque, aunque después hayan aparecido voces discordantes tratando de ganar partido o votos, lo cierto es que en su momento todos se alinearon en la estrategia diseñada por Eduardo Rodríguez Veltzé y su equipo jurídico y voceada por un entusiasta Carlos Mesa, que viajó como siempre le había gustado para defender aquel criterio de “los derechos expectaticios” y toda aquella teoría sobre la necesidad de resolver los conflictos por la vía no violenta.
Todo aquel ejercicio argumentativo se basaba en una cuestión objetivamente cierta e inapelable: Bolivia nació a la vida soberana e independiente con mar, y una invasión de un país hostil como Chile le cercenó su cualidad marítima al final del siglo XIX y se trataba de restaurarla, incluso sin hacer grandes aspavientos ni reclamar la tierra exacta que fue nuestra, sino que bastaba con un pedazo de costa que en algún momento fue de Perú.
El criterio fue ganando adeptos entre la progresía, en parte por la solidaridad que genera un país esencialmente pobre que fue golpeado a traición por lo que era una potencia militar y económica de la época y que hoy lo es aún más.
También el hecho de apostar sin dobleces por la resolución pacífica de los conflictos, descartando la vía militar, que sería la única alternativa a la diplomacia, también se contempló como un argumento innovador que daba, si no el mar, al menos la razón de haber encontrado el camino correcto para el bien de la humanidad. Se trataba de desactivar un fuerte conflicto bilateral que fácilmente podía desencadenar un conflicto regional, pero que una de las partes se comprometía a no hacerlo y pedía a la Justicia que obligara a la otra parte.
La última votación en Naciones Unidas a cuenta de la crisis de Ucrania ha venido a desterrar todos estos argumentos loables y loados que Bolivia había logrado posicionar en base a una verdad absoluta: ninguna invasión a un territorio soberano puede ser justificada y todas deben ser condenadas y, añadía una posibilidad de que, en la medida de lo posible y sin tener en cuenta el tiempo transcurrido, el daño debía restaurado para sanar heridas.
Con Bolivia absteniéndose por los motivos aun silenciados a condenar en una simple resolución de Naciones Unidas la invasión de Ucrania por parte de Rusia deja entrever que sí hay invasiones justificables y otras que no, aunque sea en sentido netamente geoestratégico, y devuelve el conflicto marítimo a la casilla de salida, esa en la que Chile no solo consolida territorio por conquista, sino que incluso argumenta el abandono del terreno litoral boliviano y peruano para justificar su “operación especial”.
Como sea, se acerca un nuevo Día del Mar y el Gobierno debe despejar las incógnitas, asumir la sentencia y trazar una nueva estrategia que nos integre con el mundo y sus desarrollos, que al final es lo que cuenta, sea por tierra, mar o aire.


