No a todas las guerras
No hay guerras buenas ni guerras malas, ni se justifican nuevas guerras porque no se hayan condenado las anteriores. Las posiciones propias se toman en función de los valores, no de las coyunturas, y los de Bolivia se fijan en la Constitución
Si algo está desvelando la invasión rusa de Ucrania es el doble rasero de cuando imperialismo se trata, y también ese afán por convertir el derecho internacional en una cuestión de parte. No resulta lo mismo cuando lo hacen los amigos que cuando lo hacen los enemigos, aunque lo más curioso de todo es que estas cosas pasen en Bolivia, que ni es parte de la OTAN ni tiene una sociedad fiable con Rusia – que tardó un siglo con sus vacunas y que el cuento del reactor nuclear va ya para una década, mientras Gazprom explota Incahuasi y rastrea cada centímetro cuadrado del terreno -.
El “No a la Guerra” suena esta vez como mucho más unánime que las últimas veces recientes en las que se entonó, por ejemplo, durante la invasión de Irak en busca de unas armas químicas que nunca existieron o en el ataque a Afganistán, que básicamente tenía afán de venganza, porque ni apareció Bin Laden, ni se desarticuló Al Qaeda, ni se derrotó a los talibanes, que 20 años después han vuelto al poder en un paseo militar mientras las tropas de la OTAN desalojaban Kabul envueltas en vergüenza y fracaso del que nadie quiere hablar. También en Libia, el país más desarrollado del África para el que la ONU, esta vez sí, aprobó una intervención aérea liderada entonces por francés, alemanes e italianos, que resultó un desastre, porque mataron a Gadafi, pero hasta hoy no hay un gobierno estable ni paz en la región – pero sí el control de los pozos de petróleo.
Recordar esto parece que te coloca inmediatamente del lado de Rusia, sobre todo para los estrechos de mente que siguen leyendo el mundo en términos de Guerra Fría, e incluso entonan ridículos alegatos sobre el “comunismo de Putin” o el afán de restablecer la Unión Soviética, o hablan de un Putin “dictador” porque persigue opositores – que lo hace – y cambia la Constitución al gusto – que también lo hace -, pero olvidan que gana las elecciones con mucho más de la mitad de los votos de todos los rusos.
Y es que evidentemente, Vladimir Putin puede ser un desequilibrado, un resentido, un kamikaze, puede que incluso haya cometido un “terrible error táctico”, pero lo cierto es que es el Presidente de una Rusia con la vocación imperial de siempre, tan condenable como todos los otros imperios que se caracterizan por una cosa: Dicen ser nacionalistas para protegerse, pero no respetan al resto de las naciones, sino que las subordinan por cualquier vía, sea Rusia, sea China, sea Estados Unidos y seguramente lo sea Brasil.
Las razones de Putin para iniciar la guerra con una nación que ahora es soberana, pero que básicamente es el embrión de la Rusia imperial de toda la vida y que nació como nación independiente en la conformación de la Unión Soviética, a la que se unió inmediatamente, son mucho más pragmáticas que aquellas que exhibían los que pretendían librar al mundo de las amenazas de Sadam Hussein u Osama Bin Laden: “no se acerquen a nuestras fronteras”, algo que se acordó en los 90 y que no se ha respetado, aunque nadie quiera recordar eso.
Ahora, la guerra es un desastre como mecanismo para solucionar los problemas entre los pueblos, porque solo genera odios y resentimientos que a la vez generan más violencia. Es necesario retornar a la mesa de diálogo con la voluntad real de querer cambiar las cosas, y está bien que Bolivia se posicione ahí, pero después de condenar la invasión, porque no hay guerras buenas ni guerras malas, ni se justifican nuevas guerras porque no se hayan condenado las anteriores. Las posiciones propias se toman en función de los valores, no de las coyunturas, y los de Bolivia se fijan en la Constitución, donde se define como un país pacifista. No hay otra interpretación posible.


