Lo que hace la COB y lo que los obreros necesitan
Bolivia sigue siendo el país con mayor tasa de trabajo informal – alrededor del 80% -, y el sector obrero ha sido el que más ha padecido los rigores de la pandemia, con múltiples cierres de empresa, pérdidas de beneficio
Uno de los fenómenos más inexplicables de la política boliviana actual es que Juan Carlos Huarachi siga al frente de la Central Obrera Boliviana (COB) y no solo porque la propia COB haya perdido su sentido de la existencia, sino por el propio papel que ha jugado Huarachi en estos largos años que le ha tocado vivir.
Huarachi ya estaba al frente de la COB cuando se materializó en cargos específicos en las listas electorales de 2019 el “acuerdo” entre COB y MAS, que siempre ha parecido más una sumisión que otra cosa, pero es que es el mismo Huarachi que después no movilizó a la Central Obrera para defender a Evo Morales tras el fiasco electoral de octubre, y es el mismo Huarachi que después pidió la renuncia específicamente para “pacificar el país”, exactamente igual que los militares.
Después, ese mismo Huarachi estuvo en silencio cuando se instaló el Gobierno de Áñez; no levantó la voz cuando se le olvidó la fecha del 1 de mayo y tampoco movió un dedo para exigir la defensa efectiva del empleo durante la pandemia.
Después, el mismo Huarachi encabezó las protestas de agosto 2020 que exigían la convocatoria definitiva de elecciones, pero también fue de los que se negó a aceptar el 18 de octubre e insistió con septiembre o con mantener las protestas “hasta que caiga Áñez”, lo que hubiera beneficiado al régimen anterior al haber tenido que buscar otra forma provisional de Gobierno.
Pero es que después estuvo ahí, celebrando la posesión de Luis Arce y hasta el retorno de Evo Morales, y volvió a guardar silencio con el incremento salarial para después jalear la ocurrencia de otro doble aguinaldo en este 2022, a pesar del daño que ha creado en el tejido productivo.
La última manifestación de Huarachi tiene que ver con un anuncio de “cierre de Tribunales” para exigir una reforma de la Justicia que nadie acaba de entender, pero que se entiende pretende ser uno de esos acelerantes para justificar cualquier iniciativa que vaya a tener el gobierno en ese sentido, sin preocuparse demasiado ni por buscar consenso social ni por un debate pausado que mejore las ideas.
Lo cierto es que Bolivia sigue siendo el país con mayor tasa de trabajo informal – alrededor del 80% -, y el sector obrero ha sido el que más ha padecido los rigores de la pandemia, con múltiples cierres de empresa, pérdidas de beneficio, incremento de horas y funciones y suspensión de pagos o demoras insufribles en los cobros. Sin embargo, nada de esto parece importarle ni a Huarachi ni a la Central Obrera, excesivamente funcionarizada.
Todos los países del mundo se han preocupado por mantener el empleo formal por encima de todas las cosas. Nada se ha hecho en Bolivia y ni siquiera el representante de los trabajadores es capaz de concentrarse en estos problemas.
Sin duda, es urgente una renovación institucional o definitivamente, un cambio radical, porque flaco favor le hace a la clase obrera una dirigencia que piensa en todo lo que el gobierno le pide, y no en lo que los trabajadores necesitan.


