La falta de gas y el glamour de las cumbres
Bolivia tiene asiento en el foro, pero como no acelere sus planes propios, sin esperar mayores “cooperaciones” y “coordinaciones” con el resto de países, va a tener difícil mantener una posición
En el Foro de Países Exportadores de Gas (FPEG) celebrado en Doha y en el que ha participado también la delegación boliviana, con el ministro Franklin Molina y el presidente de YPFB, Armin Dorgathen, al frente, básicamente se frotan las manos ante la coyuntura.
En 2021 el gas natural recibió una especie de perdón internacional, pues el conglomerado logró convencer al lobby del clima que, aunque es un combustible fósil, no es tan problemático como el petróleo o el carbón, y que, por ende, vale la pena utilizarlo como “combustible de transición” más allá de las fechas pactadas para que se dejen de usar los otros combustibles. En la práctica supone una expectativa de negocio como nunca antes, pues entre el coche eléctrico, las baterías de litio y el ecologismo militante, las propias transnacionales empezaban a mutar de negocio.
En 2022, además, el precio del gas a nivel mundial se ha disparado por obra y gracia de la tensión acumulada en la frontera ucraniana. Rusia, harta de las amenazas de la OTAN, cada vez más próximos a sus fronteras, ha decidido hacer de punta de lanza reforzando su entente con China, encantada de que el foco de la tensión pase a Europa en lugar de a los confines del mar Índico, donde los países anglosajones también amenazan permanentemente sus intereses. Como sea, tanto Putin como Xi Jinping, que se han asegurado mandatos largos, tienen la voluntad de voltear el tablero aprovechando la crisis del Estado del bienestar europeo y el duelo de octogenarios en Estados Unidos, más crispado que nunca.
Aparte de Estados Unidos y su gas de esquisto, que parece empieza a poner fin a su aventura, Rusia es el gran productor mundial junto a Catar, seguido por potencias como Argelia, los países del golfo, los de la faja subsahariana en África, Venezuela e incluso Argentina, y no todos tienen representación en la OPEP, lo que le está dando una significación particular al grupo.
La cumbre del martes tuvo algo más de análisis de situación bélica, aunque, públicamente, se proyectan las habituales premisas para promover el uso de la energía “limpia” y la coordinación y cooperación de los países miembro. Por sus conclusiones, el FPEG parece Greenpeace.
La cuestión es que Bolivia tiene asiento en el foro, pero como no acelere sus planes propios, sin esperar mayores “cooperaciones” y “coordinaciones” con el resto de países que más allá de las palabras, son más competidores que socios, va a tener difícil mantener una posición mínimamente aceptable a nivel internacional.
Probablemente, Dorgathen y Molina deben acabar con los eufemismos y con los circunloquios y plantearle al país las alternativas en serio, como se hace a los países maduros, más ahora que los otrora compromisos con la “Madre Tierra” que Evo Morales trataba de representar al margen de sus políticas ya han pasado a la historia.
Si el plan es la fractura hidráulica con todo el riesgo para los acuíferos; si lo es en los pozos abandonados o si no tienen más remedio que entrar en las áreas protegidas, deben ser capaces de plantearlo. Mientras tanto, buscar peleas pequeñas en valles recónditos mientras se intenta sacar pecho en las glamurosas cumbres internacionales es un sinsentido. Hay que empezar haciendo la tarea.


