La salud de las organizaciones sociales

El individualismo como fenómeno cultural, que ya derrumbó la Unión Soviética, hace tiempo que viene penetrando en la sociedad boliviana y en las organizaciones sociales

Hablaba el exvicepresidente Álvaro García Linera en una amplia entrevista publicada este fin de semana en varios medios argentinos y que reproducimos hoy sobre la salud de las organizaciones sociales y sobre la fuerza matriz del igualitarismo dentro de lo que considera es una “segunda ola de progresismo” en la región.

Para García Linera, Evo siempre va a estar presente como referente histórico de cualquier liderazgo que emerja en el Movimiento Al Socialismo (MAS), pero la salud del proceso de cambio está íntimamente ligado a la salud de esos movimientos sociales que lo conforman.

Evidentemente esa es la matriz de diferenciación del MAS, su conformación en base a los movimientos organizados con capacidad de movilización, sin embargo, como vienen advirtiendo varios estudiosos del proceso de cambio e incluso funcionarios desde dentro, los movimientos sociales han tendido a burocratizarse durante los años de gobierno de Evo Morales en lo que ha sido una aplicación pragmática de su función de utilidad en la doble dirección.

Sí, los movimientos sociales son el germen de la sociedad boliviana, organizada desde siempre para resolver los problemas más esenciales del día a día y capaz de atender las emergencias, ser el seguro social en las épocas de vacas flacas para cualquiera que así lo necesite. El poder, sin embargo, ha hecho que los principios y valores más básicos del comunitarismo vayan dejando espacio a intereses genuinos más sectoriales, donde ya no es el éxito colectivo lo que se busca, sino el de las “élites comunitarias”.

Conviene ser honestos en el análisis. El pragmatismo de los movimientos sociales, su funcionarización y la reducción del asamblearismo ha beneficiado sobre todo al gobierno y sus ministros, que redujo el número de interlocutores para cualquier negociación y, además, logró en buena medida doblegar sus afanes reivindicativos en ocasiones con las mieles del poder, en otras ocasiones con el discurso del miedo a perder precisamente ese poder.

Algunos estrategas de oposición se dieron cuenta de la debilidad y del malestar que generaba en determinados niveles de la organización, sin embargo, la incapacidad manifiesta de ningún “líder” de otro partido en articular ese descontento sirvió para crear un proyecto alternativo, aunque sí ha dejado un reguero de organizaciones divididas, cooptadas, duplicadas, y atomizadas a las que nunca se les dio demasiada importancia justamente hasta octubre y noviembre de 2019, donde las organizaciones no salieron a defender al entonces su presidente hasta después de caer, y aun así.

La cuestión es que el individualismo como fenómeno cultural, que ya derrumbó la Unión Soviética, hace tiempo que viene penetrando en la sociedad boliviana y en las organizaciones sociales, mientras los gobiernos empiezan a tener menos claro qué es lo que deben hacer con ellas en estos tiempos.

Lo que no es posible es que los intereses del Estado en su conjunto queden subordinados a la voluntad de tal o cual organización, o al equilibrio en el reparto de pegas en el gabinete, o a las soluciones intermedias de consenso entre matrices que no suelen ser precisamente buenas ni para la nación, ni para la coherencia del gobierno.

Ojalá las organizaciones sociales recuperen pronto el tono, el concepto de comunidad, y aporten al proceso con determinación y sin mezquindades, porque es todavía mucho lo que queda por hacer.


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