Sinceridad en los hidrocarburos
Hay que hablar en serio sobre las reservas, sobre las técnicas de exploración, sobre los mercados y sobre la industrialización
Que Bolivia tiene un problema de producción de gas y petróleo es un hecho objetivo. Los registros de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) así lo indican, pues ha ido cayendo desde el año 2015 y 2016, donde para compensar la acelerada caída de precios se elevaron las producciones. El dato actual, con apenas 40 millones de metros cúbicos de gas producido al día es el menor desde 2008, mucho antes del boom de precios que llevó al barril de petróleo por encima de los 100 dólares en 2014.
La baja producción es una consecuencia de otros dos problemas: faltan mercados y falta exploración, dos cosas que no se arreglan con euforia ni generando confusión sobre si lo “aparecido” en Margarita son reservas nuevas – que no son – o una mayor capacidad de producción en el principal campo del país, que lleva ya casi 20 años en uso.
El problema de la exploración tiene solución, pero las normas bolivianas la tienen enjaulada, puesto que se asume la existencia de un alto riesgo que se supone inasumible para el Estado, pero no para una empresa privada cualquiera, es decir, en Bolivia la exploración la hacen empresas privadas, si tienen éxito, el Estado lo paga, y si fracasan, no, es decir, se juegan 40 millones de dólares a cambio de nada.
YPFB, que ya descubrió San Alberto y San Antonio bajo el mandato de Jaime Paz Zamora, aunque luego acabaron figurando en la cuenta de Petrobras por esos “misterios” de la capitalización, está atado de manos por una interpretación absurda de la que se ríen, por supuesto, todas las empresas poderosas del sector, de Gazprom a Petrobras pasando por todas las árabes.
Hay algo más: la exploración tradicional ha dejado de ser rentable no solo por estas condiciones contradictorias, sino porque el método de la fractura hidráulica multiplica las posibilidades de éxito y rebaja los costos trasladando el riesgo, precisamente, al medio ambiente y sus acuíferos. El Gobierno boliviano y YPFB tienen posiciones inconexas sobre este asunto, pues públicamente se condenan y privadamente se contratan, pero sin que nadie se dé cuenta. El debate está pendiente en el país y el tiempo corre, porque una cosa son las reservas tradicionales y otras las no tradicionales, donde Bolivia tiene un potencial similar al de Vaca Muerta en Argentina.
El otro asunto es el del mercado, que también tiene solución, aunque ninguna fácil. Ni barata. Es evidente que Brasil y Argentina han encontrado el camino para ser autosuficientes en el tema energético y que no hay otro mercado fronterizo al que llevar nuestro gas, porque efectivamente, Bolivia es un país sin litoral y nuestra única salida soberana es por ducto.
Entrar al mercado mundial del GNL a través de barcos metaneros implicaba ganar la demanda marítima con Chile o llegar a un buen acuerdo con Perú, en el que se ha avanzado nada ni siquiera cuando parecía que había buena sintonía institucional, y tampoco parece que vaya a mejorar ahora con Pedro del Castillo, sometido a grandes presiones desde los poderes económicos peruanos.
La otra opción es usarlo. Simple y llanamente. Que el gas boliviano sirva para mover las empresas bolivianas e industrializarlo y no para mover las industrias de nuestros vecinos y que lo industrialicen. Eso, evidentemente, exige inversión de la de verdad, de la que no se quiso hacer justo cuando los recursos sí daban para ello.
El sector de hidrocarburos necesita sincerarse y hablar en serio con el país sobre las posibilidades reales de hacer algo importante con los recursos naturales. Hay que hablar en serio sobre las reservas, sobre las técnicas de exploración, sobre los mercados y sobre la industrialización. El resto es post verdad.


