Carnaval y pandemia
La pandemia ya es arma política arrojadiza: Si se obliga a vacunar, mal, y si no se obliga, también mal; si vuelven las clases presenciales, mal, y si no vuelven, también mal, y, por supuesto, si hay Carnaval, mal, y si no, también mal
Cada vez se hace más complicado gobernar en pandemia y es de reconocer el esfuerzo de aquellas pocas autoridades que aún intentan ordenar un poco el desmadre general en el que se está convirtiendo la gestión de lo que algunos llaman post-pandemia, y otros, simplemente, el estado pandémico permanente.
Es algo común en todo el mundo, donde además, ya con la parte más incierta superada entre vacunas y con la experiencia que dan los millones de muertos, los políticos de oposición han empezado a utilizar el asunto como un arma arrojadiza más, algo que incipientemente también pasa en Bolivia en una u otra dirección, es decir: Si se obliga a vacunar, mal, y si no se obliga, también mal; si vuelven las clases presenciales, mal, y si no vuelven, también mal, y, por supuesto, si hay Carnaval, mal, y si no, también mal, aunque por lo general todos han sumado esfuerzos para llevar adelante la vacunación.
No se trata solo de estrategias políticas. Bolivia sigue teniendo una de las peores tasas de letalidad y de incidencia a pesar de que los test siguen llegando a cuenta gotas y con demasiadas trabas para su aplicación, pero, además, el secreto mejor guardado por los dos gobiernos que han pasado por la gestión de la pandemia no es solo el número de muertes registradas en el Sereci, que corrige errores de diagnóstico, sino el promedio de edad del fallecido boliviano, que es mucho más baja que el promedio mundial.
Sí, en Bolivia han fallecido ya más de 21.100 personas, pero no son personas de la tercerísima edad como se reportó en Europa ni bien empezara la pandemia, sino que en la mayoría son personas de entre 50 y 65 años, es decir, en una edad totalmente productiva y aun con responsabilidades familiares, lo que va dejando a su paso un reguero de familias desestructuradas que desarrollan su propio instinto de supervivencia.
Valga esta larga introducción para recordar que el virus sigue presente en el territorio nacional y que el tiempo no nos ha enseñado precisamente a convivir mejor con él, que era el objetivo inicial, sino más bien a perderle el miedo y prácticamente, incluso el respeto.
Con el paso de los meses, la distancia social y los barbijos van desapareciendo precisamente en los lugares donde más riesgos hay, pero, además, las presiones logran levantar cualquier tipo de restricción a la movilidad que reduzca el impacto.
Sí, Bolivia será de los pocos países del mundo que mantenga este 2022 sus aulas cerradas – en el área urbana – y sometiendo a los alumnos a precarias clases virtuales mientras las mismas autoridades aprueban festejos de Carnaval - cuando no los organizan directamente - mientras argumentan extraños protocolos de bioseguridad de los que se sabe que nadie cumplirá.
Es tiempo de apelar a la reflexión individual y a la colectiva: una cosa es que haya que salvar la economía y otra que eso se traduzca en miles de puestos ambulantes en la calle vendiendo comida, espuma o cerveza de contrabando, mientras que nadie toma en cuenta que el impacto en la economía real lo están dando las decenas de personas que mueren cada día y que dejan a su partida obligaciones por pagar y sueños sin cumplir.
Tal vez estemos a tiempo de hacer algo más racional.


