Vivir solo en Bolivia
Desde el punto de vista económico, una familia que no se establece independientemente es una familia perdida, es decir, una familia que no paga hipoteca y tiene gastos, pero, además, tiene impacto emocional
A falta de que el censo de población y vivienda que se realizará a finales de este año nos de los datos concretos, es más que evidente que uno de los grandes problemas de la juventud urbana y trabajadora es el acceso a la vivienda, lo que lleva aparejados una multitud de “daños colaterales”, sobre todo en lo relativo a conformar familias estables e independientes.
En general, las familias jóvenes tienen dificultades para acceder a una vivienda en propiedad básicamente porque los lotes y las casas tienen precios altos, los créditos son caros y de difícil acceso tanto por las garantías como por las rentas que se exigen. El problema suele residir en que las rentas del trabajo son bajas y por ende, nadie en ninguna oficina bancaria siquiera hace el esfuerzo de hacer el cálculo de la cuota mensual. Peor si exigen estar al día con las AFP.
Que los jóvenes no accedan a una vivienda en propiedad tienen muchas implicaciones socioeconómicas. Por lo general suelen resolver su problema habitacional alargando la permanencia en la casa familiar, lo que implica no asumir responsabilidades. En ocasiones, la casa familiar se convierte en la casa de una nueva familia, que es la formada por uno de los integrantes de la pareja, con resultados dispares.
Los psicólogos señalan que, desde el punto de vista emocional, las familias superpuestas en el mismo hogar suelen acabar siendo disfuncionales y con diferentes problemas de autoridad, lo que después genera otras reacciones en los miembros de la familia. Esta es también una de las causas más comunes de separación y divorcio.
Desde el punto de vista económico, una familia que no se establece independientemente es una familia perdida, es decir, una familia que no hace sus compras básicas, que no establece sus servicios ni sus propias dinámicas de gasto, y esto, en un país en el que el gobierno apuesta por el consumo interno de las familias, pues sin duda un contrasentido.
En el fondo se trata de un asunto de sostenibilidad social y además, es un problema político de primera magnitud por la cantidad de votantes jóvenes que se ven afectados en esta situación, y sin embargo, a nadie en las altas instancias parece preocuparle demasiado.
Los programas de vivienda social se han convertido en planes de renovación en comunidades afines; los créditos de vivienda social no dejan de ser caros y exigen unas condiciones salariales que pocos pueden acreditar y sobre el mercado del suelo nadie se ha atrevido a intervenir de una manera seria, pues la especulación urbanística sigue al alza.
Bolivia necesita consolidarse en el plano urbano y en el consumo interno, y nada fija más las condiciones de unidad que una hipoteca que pagar. Nadie puede decir que se ha hecho suficiente para garantizar que las familias puedan acceder a una vivienda en propiedad y no seguir dilapidando recursos en alquileres. No se necesitan más planes, ni promesas, ni nuevas formas crediticias y de garantías. Hace falta acción.


