El ambicioso proyecto de exportar la uva tarijeña
No hay nada mejor para ordenar un sector que tener un objetivo claro y ambicioso a la vista, mejor en un momento de crisis mundial donde la reinvención se exige por defecto
Con un esfuerzo titánico por parte de los productores de uva de mesa y un nivel de coordinación institucional pocas veces visto en estas tierras, más de 2.000 cajas están ya en los mercados paraguayos y se espera quintuplicar el volumen de venta del año pasado cuando se llevó adelante la primera experiencia pionera, un tanto tardía en el calendario.
El objetivo es claro: diversificar los mercados para garantizar buenos precios en todos ellos, pues la sobreoferta en unos pocos conlleva un hundimiento del negocio que es una catástrofe para la región.
Y es que la cadena vitivinícola mueve alrededor de 120 millones de dólares en el valle central y genera numerosos puestos de trabajo directos e indirectos. Solo en Uriondo se estima que el 80 por ciento de la economía local está vinculado a ese producto.
Es verdad que sobre las virtudes de la uva y su efecto en la economía departamental se lleva hablando tres décadas, pero algo parece haber cambiado en esta coyuntura en la que la crisis multifactorial derivada de la pandemia exige nuevas dosis de ambición y creatividad.
Lo que no está en duda es la calidad del producto. La uva tarijeña, por sus condiciones de oxidación y altura, está al más alto nivel y no tiene que envidiar a nadie en ningún lugar del mundo, como aseveraba el domingo el ingeniero Baracatt en el encuentro de Calamuchita en el que se inició la exportación.
Durante años se han invertido recursos públicos y privados en mejorar la producción, protegerla de las inclemencias del tiempo, habilitar nuevas hectáreas con regadío y facilitar los medios para la cosecha, pero ha faltado concentrarse en el último eslabón de la cadena, el de la comercialización, lo que ha provocado una saturación – a la que también contribuye el contrabando y la importación legal - y su consiguiente caída de los precios.
El desafío es grande, pero la clave es la calidad. A partir de esa calidad, lo que urge es tener los medios suficientes para conectar el producto con los mercados más exigentes en las mejores condiciones, pero también ampliar el periodo de consumo, lo que se consigue a través de un almacenamiento adecuado en cámaras de frío que conservan todas las propiedades de la uva.
Es el momento del impulso definitivo para un sector que necesita de todo y que siempre ha estado oculto detrás de las otrora pujantes bodegas de vino, pero cuya participación en el negocio de la producción de uva se ha reducido sustancialmente en la misma medida en que se han encarecido el negocio de la venta de vino, una relación difícilmente explicable en tanto los precios de la materia prima han bajado.
No hay nada mejor para ordenar un sector que tener un objetivo claro y ambicioso a la vista, mejor en un momento de crisis mundial donde la reinvención se exige por defecto. Nadie dijo que convertir a Tarija en una potencia vitivinícola a la altura de otras conocidas del continente fuera a ser fácil. Disfrutemos del camino para lograrlo.


