La confiabilidad del INE y la pobreza en Bolivia

¿Cómo se sale de la pobreza sin trabajo y sin programas sociales realmente asistenciales?

En los últimos meses se viene desatando una especie de arremetida de baja intensidad contra el Instituto Nacional de Estadística (INE). La institución en sí es una de las más importantes del país en tanto es la que recopila los datos esenciales que sirven para planificar el presente y el futuro a todas las autoridades de gestión, pero algunos datos revelados últimamente empiezan a poner en cuestión su credibilidad, y eso es una de las cosas más sensibles para un país en democracia y dependiente en buena parte de financiación externa.

El más sonado lo citó el presidente Luis Arce en su última alocución en el Día del Estado Plurinacional: El índice de pobreza y pobreza extrema era a finales de 2021 menor que el que dejaron en noviembre de 2019, lo que supone una constatación inquietante.

El equipo económico de Luis Arce culpa a la gestión de Jeanine Áñez y no a la pandemia de los malos datos económicos de 2020, y aunque es verdad que el gobierno de Áñez empezó a tomar decisiones de medio y largo plazo que pretendían desestructurar el Estado y que pasaban por privatizar aeropuertos, abrir exportaciones de productos deficitarios en el mercado interno, devolver empresas nacionalizadas y otros, la realidad es que en el corto plazo, la pandemia hizo estragos en la economía real, la de la calle, y los sigue haciendo.

Áñez decretó una cuarentena total en marzo, cuando apenas se habían detectado 37 casos, y la levantó en mayo, cuando había más de 10.000. Por el camino, el cierre intempestivo y precipitado de la actividad económica dejó a millones de familias sin acceso a sus fuentes de empleo informales, mientras que muchos formales perdieron su fuente de trabajo por motivos obvios de productividad.

Las únicas medidas que se tomaron para ayudar en la situación fue la de subsidiar parte de los servicios básicos y otros programas de inyección de bonos recomendados por los organismos supranacionales, pero que se quedaron en un ingreso de apenas 500 bolivianos que a nadie sacó de la pobreza cuando muchas familias dinamitaron los pocos ahorros que tenían y renunciaron a muchos de sus sueños.

Con la llegada de Arce al poder se repitió la estrategia de los bonos, pero el crecimiento, más allá del rebote, tampoco fue significativo para crear empleo ni recuperar los puestos de trabajo perdido, aunque el INE no diferencie entre trabajo formal y trabajo de supervivencia y las AFP hayan dejado de actualizar sus datos de afiliación desde 2019. El propio Arce reconoció que el empleo es su piedra en el zapato y los organismos internacionales reconocen hasta 200 millones de nuevos pobres en el continente.

¿Cómo se sale de la pobreza sin trabajo y sin programas sociales realmente asistenciales? Resulta un misterio, sobre todo si al final nadie hace incidencia en el dato. Porque el dato será bueno en términos de comparación según el presidente Arce y su equipo económico, pero en realidad se habla de un 39 por ciento de bolivianos bajo la línea de pobreza y un 11 por ciento en condición de pobreza extrema, y los datos son datos, pero esconden gente.

Ojalá los datos que soporta el papel pronto puedan sentirse en la calle, que falta hace.


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