Ucrania y el rodillo de la OTAN
La escalada de tensión de los últimos meses tiene que ver con el avance occidental para concretar la instalación de los misiles y la exigencia de Rusia de que dejen de hacerlo
Nos guste o no, Bolivia está bajo el influjo del pensamiento occidental, con epicentro en Estados Unidos para lo económico, y, además, condicionada por la producción de materiales informativos en español, con base en España, igualmente miembro de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica (OTAN), y por eso hay que andarse con cuidado a la hora de seleccionar las fuentes informativas para los asuntos internacionales.
El último asunto que está atrapando la atención mundial es precisamente la crisis de Ucrania, una de esas repúblicas ex soviéticas que quedó bajo el influjo ruso una vez que cayó el telón de acero, pero por su interés estratégico en el Mar Negro y en el camino hacia Europa Central y también sus riquezas hidrocarburíferas, siempre ha oído cantos de sirena para llevarla “al otro lado”.
En plena Guerra contra el Terrorismo, iniciada por George Bush hijo a principios de siglo y nunca acabada, los halcones de Washington pergeñaron un plan que bautizaron como “escudo antimisiles”, y que básicamente se resume en desplegar misiles balísticos y con capacidad nuclear lo más cerca de los países del Asia Central – Irán, Irak, Pakistán, Afganistán -, pero que por estas cuestiones de la geoestrategia resultan estar igual de cerca de Rusia, de China y de India, que son las potencias que amenazan la hegemonía norteamericana.
El plan resultaba bastante arcaico desde el principio, pues planteaba una “defensa” convencional en el siglo XXI, pero como nadie dijo nada muy alto, fue creciendo. El plan de Estados Unidos siempre fue el de instalarlo lo más cerca posible de esos países, es decir, lo más lejos de su territorio, y para ello, la alianza de la OTAN y todos sus aliados resultan fundamentales y aun así, siempre quieren más y Ucrania pasó a ser un objetivo estratégico importante.
En la década pasada empezaron las hostilidades. El gobierno pro ruso se empezó a tambalear, mientras que el empuje de los partidos “nacionalistas”, pro europeos, empezaron a ganar fuerza. Era derecha contra derecha con muy malos modos de ambos lados, así que los conflictos derivaron en una suerte de golpe que dejó una guerra civil abierta en las provincias del este y un gobierno dispuesto a marcar diferencias con Rusia a toda costa, incluyendo los misiles. Putin no se lo pensó demasiado y anexionó la península de Crimea, que viene a ser el control de la salida del Mar Negro.
La escalada de tensión de los últimos meses, que ha incluido “extraños” conatos golpistas en otros países satélites de Rusia como Kazajistán y Bielorrusia, tiene que ver con el avance occidental para concretar la instalación de los misiles y la exigencia de Rusia de que dejen de hacerlo, aunque a este lado del telón se explique que el desencadenante son los militares rusos al otro lado de la frontera y no las maniobras ni el envío masivo de armas y tropas hacia Ucrania por parte de la OTAN.
Las posibilidades reales de que se desencadene una guerra convencional con las dos potencias tan expuestas son realmente remotas, pero ninguno de los líderes está haciendo nada para evitarlo. Toca seguir de cerca la información y, sobre todo, revisarla con lupa.


