La industrialización de la minería que no quiere Arce
Por lo general las cooperativas trabajan en exclusiva para una docena de grandes transnacionales mineras que se mueven a sus anchas en Bolivia, que fijan los precios, los plazos y las condiciones sin asumir responsabilidades
El fin de semana el presidente Luis Arce volvió a conjugar el verbo de la industrialización, esta vez con (¿o contra?) uno de los sectores más poderosos del país y, sin embargo, de los que menos aporta en términos proporcionales: la minería.
Arce habló de enfocar la producción hacia los minerales más necesarios en los útiles diarios y encomendó al Ministerio poner en marcha estrategias para su industrialización local. De seguro, en pocos días aparecerán nuevos proyectos de empresas estatales relativas al tema, fundiciones, siderúrgicas y otras de las que siempre se han impulsado, e incluso completado, y que nunca han funcionado por motivos obvios.
El problema es conocido: unos cuantos mineros son asalariados del Estado, con jugosos sueldos que tienen que ver con la especialización del oficio y sus riesgos, pero, sobre todo, con la oportunidad de mercado, pues la mayor parte de los que se meten en la bocamina son “cooperativistas”, que non están en absoluto dispuestos a cambiar demasiado el status quo por mucho proceso que apoyen.
El propio concepto de cooperativismo está tergiversado, pero el simple hecho de mencionarlo puede conllevar amenazas de todo tipo, descalificaciones e incluso agresiones como bien saben los compañeros del diario El Potosí, tal vez la única voz que se alzó contra la esquilmación del Cerro Rico, más amenazado que nunca, en todo el país.
Por lo general las cooperativas trabajan en exclusiva para una docena de grandes transnacionales mineras que se mueven a sus anchas en Bolivia, que fijan los precios, los plazos y las condiciones sin verse involucradas en los asuntos de la seguridad industrial ni de los derechos laborales. Tampoco en el de la tributación.
Alrededor de la operación minera se ha construido toda una idiosincrasia ecléctica, como todo en este país, en el que se han fusionado ideas ancestrales con modos de vida actuales, creencias populares y, sobre todo, intereses, muchos intereses. En general se acepta que al minero le da igual el futuro y solo piensa en el hoy, de ahí que demasiados justifiquen que el país siga sin accionar y sin construir industria alrededor del sacrificado esfuerzo del minero. La Ley de la mina. Nada que ver.
La cuestión es que alrededor del sistema cooperativista se ha construido un sistema que esquilma al país beneficiando a las grandes transnacionales de las materias primas, sin que además se pueda alzar la voz por afectar a intereses corporativos muy poderosos.
Si Luis Arce quiere empezar a revertir esta situación y ahondar en la industrialización de los minerales, es imprescindible que primero se libre de los tutelajes de las grandes corporaciones, que legisle para garantizar una aportación justa al Estado y que proteja a los trabajadores que creen ser dueños de su propio destino solo porque nadie le dice a qué hora entrar ni a qué hora salir. De lo contrario, cualquier proyecto está condenado al fracaso por boicot.


