Sobre las cosas obligatorias como las vacunas y la fortaleza del gabinete

Se supone que un gobierno “del pueblo” debe ser capaz de entender la composición social del país y sus líneas rojas, pues no se trata de probar suerte nada más

Es verdad que de fondo había demasiadas otras cosas, que había una parte de lucha interna del partido librándose en un pulso posible, porque el Gobierno ya había retrocedido en numerosas ocasiones, y que la oposición no iba a perder la posibilidad de hacer sangre cada vez que se lo permitan, como ya pasó con la Ley de lucha contra las ganancias ilícitas, pero es evidente que a este gobierno le falta capacidad de comunicar sus decisiones y fuerza para llevarlas adelante.

Para un Estado empobrecido, como sigue siendo Bolivia, la única posibilidad de brindar una razonable asistencia médica a sus ciudadanos es que sus hospitales no colapsen, y para ello, la única medida efectiva hasta la fecha son las vacunas.

No lo dice este editorial ni los miles de científicos que han dado cuenta de su funcionamiento en base a la tecnología ARN mensajero, que sí, es experimental de acuerdo a los criterios habitualmente aceptados en el campo de la ciencia, que no se adecúan tan bien a la emergencia, y que tal vez por ello sea necesario respetarlos. Lo dicen, sobre todo, las estadísticas de cualquier país del mundo que están soportando las nuevas oleadas de contagios con mucha más solvencia que en los primeros meses, cuando los muertos se contaban por docenas y las tasas de letalidad se disparaban hasta los dos dígitos.

Entonces, si la lectura del Gobierno era esa – la alternativa es que el darwinismo opere y sobrevivan los más aptos -, evidentemente debía imponer la vacunación obligatoria, aunque primero debía ser capaz de aprovisionarse, garantizar la cadena de frío y cumplir todas las recomendaciones del fabricante, algo que de entrada no ha pasado, lo que lo convierto en chacota en buena parte del 2021.

Ahora, se supone que un gobierno “del pueblo” debe ser capaz de entender la propia composición social del país y sus líneas rojas, pues no se trata de probar suerte nada más. Resulta absurdo lanzar una obligatoriedad y tener a medio gabinete y un tercio de tu bancada legislativa sin vacunar y que cualquiera lo pueda comprobar.

Por otro lado, conviene ser más prudente. La forma en la que se exige el carnet de vacunación invita a pensar que el vacunado se ha convertido en inmune, y eso no es así. Las personas vacunadas con este tipo de tecnología se contagian, se enferman, aunque levemente, y transmiten la enfermedad a terceras personas, por lo que la falsa sensación de protección puede resultar contraproducente.

Finalmente, la tecnología ARN mensajero está siendo transitoria ante el tamaño de la amenaza, pero los científicos buscan ya una vacuna definitiva de tipo esterilizante que acabe con el virus al entrar en contacto con el cuerpo humano protegido.

Exagerar en la importancia de la vacunación actual – que es importante – y hacer aspavientos grandilocuentes – para acabar derogando, abrogando, suspendiendo o lo que sea - puede acabar minando la credibilidad de los gobernantes cuando se sigan exigiendo dosis de refuerzo cada seis meses y, finalmente, cuando aparezca la “verdadera” vacuna.

La cuestión es que vacunarse ahora, con o sin obligación, es importante para salvaguardar la salud y la capacidad del sistema, pero eso no debe implicar dejar de aplicar las medidas básicas de bioseguridad, el uso del barbijo en interiores y el distanciamiento social, que como se está demostrando, también salvan vidas. Ojalá el duelo político no haya hecho demasiado daño al sentido común.


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