Bolivia, la crisis y la recuperación del empleo

Tras el previsible rebote de crecimiento mundial de 2021, las previsiones para 2022 y 2023 señalan que los gobiernos que protegieron el empleo en las empresas crecerán más rápido

El Banco Mundial ya ha advertido que no vienen tiempos de bonanza post crisis pandémica y que tampoco se va a dar ningún tipo de reequilibrio mundial, más bien al contrario, después del repunte de crecimiento del 2021 impulsado por la alta demanda de materias primas de los gigantes industriales de siempre, la cosa se moderará y mucho en 2022 y 2023 para los países emergentes, mientras que los de siempre sí recuperaran tasas altas mejores incluso que las de antes de la emergencia sanitaria.

En concreto, la economía global crecerá cuatro por ciento en 2022 y 3,5% en 2023, después de alcanzar 5,5% el año pasado según el informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU (DESA en inglés) sobre la situación y perspectivas de la economía mundial.

En América Latina y el Caribe se prevé que el crecimiento del producto interno bruto (PIB) sea de 2,2% en 2022, frente a 6,5% de 2021, con una creación de empleo insuficiente en cantidad y calidad. En concreto para América del Sur la perspectiva es de apenas 1,6 por ciento.

Las perspectivas, a falta de que se concreten en reales, vienen a poner el punto final a una discusión profunda pero efímera, ya que ni bien se supere el ciclo bajista, los protagonistas del mercado financiero volverán a negar la evidencia y apelarán al libre mercado y sus reglas como camino para recuperar la “normalidad”, que esencialmente es la desigualdad.

Y es que sí, como ya sucedió tras la crisis de 2008 pero con menos disimulo, los Estados ricos han intervenido profundamente en sus economías con cantidades ingentes de dinero para proteger el empleo y sus empresas mediante transferencias directas de recursos a fondo perdido y otra infinidad de medidas con las que los gobiernos han sorteado como han podido la pandemia sanitaria y económica mientras que los países más pobres, que apenas han podido acceder a vacunas mientras su población mermaba, han logrado poner en marcha algún subsidio para los servicios básicos y algún estrambótico bono para acabar levantando las manos dejando “obrar a la naturaleza”. Las deudas de unos y de otros han crecido, pero los primeros siguen teniendo más posibilidades de enfrentarla que los segundos, por lo que todo queda básicamente igual, o sea, peor.

Bolivia es un buen ejemplo en este sentido, pues cruzado además por una batalla electoral permanente, la pandemia precarizó aún más el empleo y las familias quemaron sus pequeños ahorros para subsistir mientras se subvencionaron unos pocos meses los servicios básicos de luz y agua y los gobiernos de turno les ofrecían bonos de 500 pesos por familia, como si eso solucionara algún problema luego de seis meses de parón.

La clave, advierte la Alicia Bárcena, jefa de la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas y que no es una liberal al uso sino todo lo contrario, está en el empleo. Mientras en el norte han gastado sin límite para mantenerlo, en el sur se ha aplicado el ajuste ortodoxo por el más débil, frenando en seco la economía real.

Como en el modelo de Luis Arce el empleo informal cuenta lo mismo que el formal, desde el gobierno se lanzan permanentes mensajes positivos para ver si así se mueve algo la economía, pero los depósitos siguen batiendo récords, lo cual es una mala señal.

La cuestión es qué va a hacer el gobierno de Luis Arce para apuntalar a las empresas supervivientes para que vuelvan a crear empleo. Por el momento no hay siquiera una ligera idea de plan al respecto.


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