La Juan Misael Saracho, a la deriva

Es injusto culpar de los malos resultados de la comunidad universitaria nacional en general y de su escaso aporte a la comunidad científica a la famosa autonomía universitaria

El problema de la Juan Misael Saracho no son sus elecciones, que también, sino algo mucho más profundo. La casa superior de estudios de Tarija se ha convertido en un nido de burocracia dedicada a su propia reproducción, donde lo menos importante son los alumnos o el aporte científico a la comunidad, y lo más, los sueldos de sus profesionales.

No es que el problema se circunscriba solo a la Juan Misael Saracho, en general los profesionales de la educación más comprometidos con sus alumnos están en peligro de extinción en todos los niveles educativos, pero mucho más en los niveles superiores, como viene demostrándose año tras año.

La Universidad pública tarijeña no figura en ningún ránking mundial, ni latinoamericano, ni sudamericano que mida la calidad educativa que se imparte de acuerdo a criterios estándar. Siempre cabe la duda de en qué lugar se ubicaría en uno nacional, pues es verdad que el resto de universidades del país tampoco son un ejemplo de la exigencia ni la virtud docente, pero más allá de los estudiantes universitarios y su calidad profesional posterior, la realidad indica que hace tiempo que de la Juan Misael Saracho no sale una investigación decente que tenga impacto o alguna aplicación práctica que contribuya al bienestar de la población tarijeña al menos.

Sería injusto culpar de los malos resultados de la comunidad universitaria nacional en general y de su escaso aporte a la comunidad científica al sistema de gobierno y gestión de las propias universidades, es decir, a la famosa autonomía universitaria y su cogobierno docente – estudiantil. Sería injusto porque además se suele mirar más a los estudiantes, que por definición están de paso y miran por su beneficio personal – aunque tal vez serían otros los elementos que se deberían ponderar en ese análisis personal -, que, a los docentes, que son quienes deberían mirar por el prestigio institucional sostenido en el tiempo.

Que la comunidad universitaria, garante del saber, llegue a la conclusión de que el problema es la democracia es un problema grave. La Universidad se ha dotado de sus métodos para elegir a sus autoridades, incorporando la elección directa y no, por ejemplo, la designación del Rector por parte del financiador o un mero criterio de longevidad y experiencia. No se trata de un concurso oposición sino de una elección, y el problema no es tanto la democracia como el populismo.

Hace tiempo que en la Juan Misael Saracho no se debate sobre la calidad educativa, sobre los niveles de exigencia, sobre la universalidad de la educación superior, sobre la necesidad de aportar más o de educar mejores profesionales y sí sobre obras, viajes de estudios, facilidades y “becas trabajo”, y así han ido pasando unos y otros durante demasiado tiempo, con los resultados que tenemos.

El problema es que nadie puede conformarse así nomás; nadie puede creer que no hay solución y que mejor se quede así. El sistema de elección es perverso y tramposo en tanto no refleja la voluntad comunitaria. Urge una reforma integral, y pronta, pues la interinidad solo suma deterioro para una Universidad en riesgo.


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