La inflación global y la oportunidad de Bolivia

Tanto el consumo de energía como el de la alimentación está cambiando de paradigmas hacia modelos más sostenibles que, además, son más caros

Pasan los meses y se asienta la convicción de que el mundo se encuentra en una profunda espiral inflacionaria provocada inicialmente por la salida de la pandemia – o por su asimilación como crisis endémica – pero que puede tener componentes mucho más profundos en lo relativo a los usos y costumbres de las sociedades, particularmente las más avanzadas.

Uno de los ejemplos es el del precio de la energía, disparada desde finales del verano del hemisferio norte y que ha alcanzado cotas históricas con la llegada de su invierno. La escalada de precios ha desenmascarado muchos discursos hipócritas, sobre todo al respecto del cuidado del medio ambiente, y ha vuelto a poner en jaque el papel intervencionista pero descafeinado de los gobiernos más o menos socialdemócratas en Europa.

Esta vez los precios de la energía no suben porque Estados Unidos haya desatado la enésima guerra en el golfo o porque se asevere de nuevo que los recursos fósiles se acaban, sino porque los políticos y sus lobbys, en cumbres como la de Glasgow de 2021, enmarcadas en los acuerdos de París de 2015, le han puesto fecha al coche eléctrico y al fin del petróleo.

Lo que no se dice en estas cumbres es que las energías “limpias”, como la solar o la eólica, son extraordinariamente caras y que hasta la fecha se vienen desarrollando con impulso de los gobiernos, no de las empresas privadas, por lo que decidir el fin de los combustibles y el uso de energías caras sin subvención tiene un alto costo que, al final, pagarán los ciudadanos, porque nadie duda de que las eléctricas, que a menudo son las mismas que las petroleras, seguirán ganando lo mismo.

Algo parecido pasa con la crisis alimentaria. Recientemente en España se ha vivido una cruenta polémica por las declaraciones de un ministro de Consumo que recordó que la carne de macrogranjas es de mucha peor calidad que la que se produce en ganaderías extensivas, con ganado que se alimenta a campo abierto. Una obviedad que ha abierto un debate entre ecologistas y protectores de animales y aquellos que lo interpretaron como un ataque a la gente del campo, pero que obvia lo esencial: la carne de ganadería extensiva es infinitamente más cara que la de macrogranja y muy pocos están dispuestos a pagar el precio justo “por el bien del planeta”.

Todo este escenario de hiperinflación, alta demanda y cambios en el modelo de consumo son oportunidades de negocio para Bolivia, que sigue contando con gas natural – el único fósil al que se le ha perdonado la vida hasta 2050 -, ingentes cantidades de litio – la batería del presente – y un vasto territorio potencialmente nutritivo en occidente – papa, quinua – y en el oriente.

Es urgente que todos los sectores mapeen adecuadamente el escenario internacional y se coordinen para incrementar las posibilidades industriales en un país en el que casi todo está por hacer. Tomar un tren equivocado en este momento sería un profundo error.


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