Sobre modelos agotados
Bolivia es lo suficientemente compleja y biodiversa para entender que no se trata de imponer un modelo sobre otro, sino que el secreto del éxito pasa por la complementación
El fin de semana surgió una polémica a cuenta de las lapidarias declaraciones del vocero presidencial Jorge Ritcher, en las que aseguró que el modelo cruceño estaba “agotado”. Ritcher hizo una generalización a partir de la corrupción de la Alcaldía y lo catalogó como “modelo”, pues suponía prácticas similares en todas las instituciones políticas y de gestión como Cotas, CRE, Saguapac, etc., en las que se sostienen vasos comunicantes entre ejecutivos que al final acaba beneficiando a todos.
Evidentemente, en tiempos de polarización y redes sociales, el titular daba para desatar tal vez el último escándalo antigubernamental, pues cuenta con todos los ingredientes para que el nacionalismo – tanto el secesionista como el federalista - se sienta agraviado tanto por el fondo como por la forma.
El “modelo cruceño” es un concepto que ha cobrado vida propia y que cada cual lo define a conveniencia del momento. Por ello, para algunos como Richter, es la corrupción; para otros tiene que ver con la deriva de una economía que creció resolviendo los problemas propios del abandono estatal creando su propia red de servicios; para la mayoría es la pujanza agrícola e incluso para algunos otros es una especie de sueño americano criollo. Cabe la posibilidad de que sea todo junto.
La cuestión es que a Santa Cruz le ha ido bien desde que en los 50-60 se abriera la carretera para constituir el “eje central”, dejando a un extremo la aristocracia capitalina y al otro, la potencialidad económica.
Pasados los años y visto lo visto, no dista tanto el modelo cruceño de lo que sucede en el resto del país y que tiene que ver con la explotación sin control de los recursos naturales. En el caso de Santa Cruz, su mayor riqueza es su clima y sus millones de hectáreas de selva y bosque. Sobre ello se ha construido una potente industria agroindustrial que no vive demasiado preocupada ni del desarrollo sostenible ni de la salud alimentaria cuando abre de par en par sus puertas a los transgénicos o al biocombustible.
Lo que no cabe en ningún modelo de sociedad ni económico es la corrupción, pues es lo que acaba por destruir los elementales fundamentos de solidaridad y complementación que un país necesita para ser fuerte. Richter comete un pecado capital al vincular la corrupción a la cruceñidad, lo que está por ver es que fuera un error y no una estrategia.
El Estado está cada vez más presente en Santa Cruz, donde ya ha mediatizado el desarrollo del parque industrial, la instalación de represas y generadoras de electricidad, donde ha entregado Incahuasi y sus perniciosas regalías, donde ha construido miles de kilómetros de carretera y donde, sobre todo, reparte tierras a diestra y siniestra, pero además les da oportunidades de negocio a través de la compra de la materia prima para biocombustibles, permisos de exportación de quita y pon y, sobre todo, líneas de financiación vía fondos de las AFP para los grandes productores.
Bolivia es lo suficientemente compleja y biodiversa para entender que no se trata de imponer un modelo sobre otro, sino que el secreto del éxito pasa por la complementación. Mientras tanto, resulta un absurdo ejercicio intelectual de fin de año tratar de defender lo indefendible y cuestionar lo incuestionable.


