Navidad y el valor de la familia
Es la familia la que acaba atendiendo a un enfermo, consiguiéndole el oxígeno, organizándole una kermesse, la que se acomoda en la mesa para disponer un plato más, la que tiende una cama más en un cuarto compartido
Navidad nos encuentra este año tensionados y agotados. Quizá no sea la excepción en los últimos años, pero parece que la acumulación empieza a pasar factura. Desde 2019 han pasado demasiadas cosas en el país que tienen poco que ver con los buenos principios morales, que mal que bien se asimilan a la doctrina cristiana que estos días celebra la llegada de Cristo, es decir, el renacer de la esperanza en la humanidad.
La habitual confrontación política ha subido un nivel y se ha transformado en un permanente estado de crispación que ya empieza a manifestarse en forma violenta en demasiados “casos aislados” como para dejar de prestarle atención. La violencia política se está abriendo un hueco en un país que de por sí ya es violento y poco respetuoso con los más vulnerables, acostumbrados a pelear por esas otras cosas que sí son vitales y sí valen la pena.
Tal ha sido el nivel de rispidez que ha llegado a opacar la crudeza de una pandemia que se ha seguido cobrando vidas todos los días durante todo el año, marcando olas de subida y de bajada sin mayor criterio. Ni las restricciones, ni la suspensión de labores escolares, ni la vacunación masiva, nunca tan masiva ni nunca tan reglada, ha logrado evitar esta situación que ha tenido consecuencias sociales más graves de lo que cualquier político está dispuesto a reconocer.
El número de trabajos perdidos, devaluados y precarizados es una incógnita en los datos oficiales, pero es un tsunami en casi todas las familias. Quien no ha perdido un empleo trabaja más horas por el mismo salario, o por menos, y esto también aplica al nutridísimo colectivo de trabajadores informales, gremialistas y comerciantes por doquier, que para colocar un negocio necesitan emplearse a fondo cada jornada.
Todas estas circunstancias sumadas han vuelto a poner de manifiesto que la principal institución de protección en el país es la familia: es la familia la que acaba atendiendo a un enfermo, consiguiéndole el oxígeno, organizándole una kermesse, la que se acomoda en la mesa para disponer un plato más, la que tiende una cama más en un cuarto compartido.
A pesar de vivir en un país en el que la violencia familiar está a la orden del día y en el que las familias desestructuradas casi son mayoría, la familia es la principal fuente de vida y de refugio, el lugar donde se educa, se enseña, se protege y se libera.
Conviene recordarlo siempre y más en estos días de fervor familiar de fin de año en los que nos adentramos. La sociedad boliviana se construye a partir de ese pilar fundamental que se quiere y se cuida, donde siempre hay un espacio más para aquel que no tiene su familia cerca o dispuesta, y donde no debe haber espacio para ese virus maldito que nos lleva meses arruinando la existencia.
Conviene no bajar la guardia, tal vez aplazar los planes para mejores momentos, trasladarlos al aire libre y tomar todas las precauciones. La familia se lleva en el corazón.
Desde El País les mandamos nuestros mejores deseos para esta Navidad, que la ilusión renazca en los corazones de todos ustedes.
Felices Fiestas


