La imprescindible limpieza institucional
El problema de la corrupción generalizada es que el estado de putrefacción común acaba haciendo parecer que no hay otra alternativa, cuando no es así
Si de algo ha servido el escándalo de los 800 ítems fantasmas de Santa Cruz – que finalmente parece serán algunos más -, es para que se empiecen a mirar con lupa esos pequeños actos de corrupción que finalmente, sumados, hacen un gigantesco daño al Estado y no solo por el monto económico, sino por la desafección que genera en el ciudadano.
Unos creen que los políticos son reflejo de la sociedad que los elige, otros al contrario, lo cierto es que el país hace tiempo que no acaba de funcionar como debiera y que la corrupción parece instalada a todos los niveles.
Unos creen que los políticos son reflejo de la sociedad que los elige, otros al contrario, lo cierto es que el país hace tiempo que no acaba de funcionar como debiera
A nivel mundial se identifican varios niveles de corrupción. Una cosa es esa corrupción de altos vuelos, esa de los grandes contratos para construir infraestructuras o administrar servicios que no resulta difícil de identificar pero sí más difícil de investigar con todas las de la ley, precisamente porque el poder les ampara. Son esos casos en que se suelen contratar a empresas extranjeras cuyas coimas se cancelan en paraísos fiscales y que también suelen acabar entrampadas en problemas que les hacen demorar años, falsear calidades y todo el resto de artimañas.
Hay otra corrupción de “nivel medio”, donde los contratos no son tan generosos pero están igualmente mordidos por varios lados, donde suele haber sobreprecios en ítems concretos o trampas específicas que después llevarán a renegociaciones de contratos, pero que de entrada sirvió para facilitar tal o cual adjudicación. En estos casos suele ser también común que todo el pueblo conozca cómo se está haciendo el negocio, por cuánto y quiénes son específicamente los beneficiarios, pero que nadie diga nada porque así son las cosas.
Y finalmente hay una corrupción de menudeo, que además salpica al pueblo llano en tanto la involucra a diario y que se consiente con demasiada facilidad, cuando al final acaba siendo igual de destructiva o más. Es esa corrupción en la que se ponen 20 pesos para agilizar tal o cual expediente; la de los 50 pesitos por la grampa o por conducir con alguna copa de más; la de comprarse el ítem; inventarse la consultoría; comprar cuadernos comunes a precios de manuscritos de oro.
En forma transversal se identifica la corrupción judicial, porque últimamente igual involucra una resolución de alto vuelo que haga presidentes que un expediente marginal para regularizar una usucapión, no hay perdón en esto.
El problema de la corrupción generalizada es que el estado de putrefacción común acaba haciendo parecer que no hay otra alternativa, cuando no es así. El silencio es el que protege al corrupto por encima de cualquier otra consideración, y a estas alturas, hay docenas de caminos que se pueden emplear para denunciar estas situaciones de vulnerabilidad.
Es urgente limpiar las instituciones y recuperar la conciencia, no se puede normalizar la corrupción ni se puede tener autoridades dispuestas a tolerarlas incluso públicamente. La corrupción no tiene color político, solo enemigos, y ese enemigo es la Patria.


