El rol de la Central Obrera

Extraño revuelo el que se ha armado en los últimos días a cuenta de la presidencia de la Central Obrera de Juan Carlos Huarachi, ya prorrogado hasta el extremo y que ha jugado uno de los roles más siniestros de los últimos años para el movimiento obrero.

Algunos de los alineados parecen haberse dado cuenta recién de que Huarachi fue el último detonante de aquel 10 de noviembre en el que Evo Morales acabó renunciando luego de las sugerencias de las Fuerzas Armadas, pero también de la Central Obrera, considerada “vanguardia del proceso” y que sin embargo nunca salió a la calle a defender a Morales durante los 21 días de paro. De la propia boca de Huarachi salió la sugerencia del retiro.

Huarachi, lejos de renunciar, siguió al frente de la Central Obrera durante la gestión de Jeanine Áñez. Incluso se sentó en la mesa de diálogo social en el entorno del 1 de mayo, cuando no hubo incremento salarial y no se le escuchó a Huarachi decir ni media palabra.

Unos meses después Huarachi se erigió en portavoz de las protestas del Pacto de Unidad de agosto 2020, cuando le exigían al Tribunal Supremo Electoral una fecha cierta de elecciones luego de haberla demorado tres veces. La movilización fue contundente por el apoyo de las comunidades campesinas y el TSE llamó rápidamente a negociar, colocando la fecha electoral en el 18 de octubre – 40 días después de lo pactado inicialmente -. La propuesta fue aceptada por todos, salvo por Huarachi, que influyó en el pacto de unidad y dio alas a un hipotético cambio de objetivo en el que se pidió mantener la protesta hasta que cayera Áñez. El propio Evo tuvo que entrar a mediar y a “defender” la propuesta del TSE y la presidencia de Áñez, ya que la caída violenta hubiera obligado de nuevo a abrir un periodo de transición y convocar nuevas elecciones.

Finalmente, el MAS volvió al poder y Huarachi seguía en su puesto, rodeado de los de siempre, guardando silencio de nuevo ante la apuesta de Arce por la moderación salarial – contraria a sus postulados habituales – o en el controvertido caso de la purga de Aasana, donde el gobierno ha atropellado todos los derechos laborales y Huarachi apenas ha verbalizado una amenaza genérica.

A pesar de esto, llamó la atención que Morales lo defendiera abiertamente durante la marcha en defensa del presidente Arce después de que volviera a cometer otro exceso verbal, amenazando con “nacionalizar” las empresas cruceñas como si de un territorio anexionado por la fuerza se tratara.

Lo curioso es que al dirigente de la COB se le evalúe en función de sus posiciones políticas partiendo de que la COB se ha mimetizado con el Movimiento Al Socialismo (MAS) y no por sus posiciones sindicales, que son básicamente inexistentes y carentes de cualquier norte.

El mercado laboral boliviano necesita una modernización urgente que sea beneficiosa para todas las partes y acabe con viejas dinámicas que no han logrado mejorar sustancialmente la situación laboral del país en quince años, donde la precariedad y la informalidad son la regla general.


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