Los dolores de los derechos humanos
La política mundial ha entrado en una deriva autodestructiva que está erosionando las instituciones y relativizando cualquier hecho en función del color político, incluso los derechos humanos
Parece un dato curioso que el mismo 10 de diciembre en el que se conmemora el Día Internacional de los Derechos Humanos sea también el Día Internacional de los Derechos de los Animales, pero lo cierto es que no tiene nada de casualidad sino que más bien tiene que ver con esas reflexiones del activismo, que rozan la angurria en los países ricos.
Desde 1997 se celebra por parte de diversas organizaciones y asociaciones de protección animal el Día Internacional de los Derechos de los Animales, realizándose actos en muchas ciudades del mundo para concienciar y reflexionar sobre el respeto que se debe tener hacia todos los seres del planeta, dando así valor a la famosa frase de Mahatma Gandhi cuando dijo que un país o civilización se puede juzgar en la forma en la que tratan a sus animales.
Los animales no solo tienen su día internacional, sino que también tienen una Declaración Universal de los Derechos de los Animales. Fue la Liga Internacional de los Derechos de los Animales la organización que proclamó el 15 de octubre de 1978 la Declaración Universal de los Derechos de los Animales, aunque no está reconocida de forma universal, ni siquiera por muchos países.
Los 14 artículos que conforman esta Declaración Universal, pueden sintetizarse en cuatro derechos básicos: la vida, la libertad, no sometérseles a situaciones que les generen dolor, y no considerárseles propiedad.
Lo cierto es que estos cuatro derechos básicos también serían muy bien vistos en una gran cantidad de países del planeta cuyos habitantes se ven sometidos a los rigores de la pobreza y el olvido.
Hay cuatro derechos básicos (para los animales): la vida, la libertad, no sometérseles a situaciones que les generen dolor, y no considerárseles propiedad.
Y es que los Derechos Humanos no pasan por su mejor momento. La carta sometida a la Asamblea General de las Naciones Unidas dos años después de su fundación en 1948 por parte de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, fue aprobada y desde entonces sirve como pauta “moral” dentro del multilateralismo para definir que constituciones son “buenas” y cuales “malas” y por ende, qué regímenes son “buenos” y cuales “malos”.
La cuestión es cuando se empiezan a hacer excepciones en función del dinero que tiene cada régimen y cuanto hablan en la televisión. Por ejemplo, a nadie le importan demasiado los derechos humanos de los qatarís o los saudís, porque al fin y al cabo nunca dicen nada altisonante en los medios, apenas los de los chinos o los pakistaníes que trabajan a destajo en fábricas insalubres cosiendo ropa o balones, pero sí preocupan mucho los de los iraníes, los afganos, e incluso los de los venezolanos.
La política mundial ha entrado en una deriva autodestructiva que está erosionando las instituciones y relativizando cualquier hecho en función del color político. Es la polarización permanente, que acabará por borrarlo todo del mapa si no se tienen unos cuantos principios claros. Esos principios son los Derechos Humanos, que hay que entenderlos en su integridad, sin establecer primacías de unos sobre otros. No puede ser que lo que hace setenta años era un acuerdo de mínimos para que nadie pudiera oponerse o se conviertan en objeto de discusión totalitaria. Urge la cordura para que, al final, no valga más la pena haber nacido perro (con todo el respeto para los perros).


