Ómicron, tercera dosis y la vergüenza

La avaricia de los poderosos, en este caso de la vacunación, solo puede ser comparada con su estupidez. Nadie estará a salvo hasta que todos estemos a salvo. Y todos es todos.

Como se acerca la Navidad y el Covid sigue presente, los países centrales acaban de declarar el estado de ansiedad permanente a cuenta de la enésima variante del Sars – cov – 2, causante de la peor pandemia desde la gripe española de principios del siglo XX.

Hace apenas dos semanas todos esos países poderosos se reunían en sesiones formales en las sedes de la Organización Mundial de la Salud y, paralelamente, en la de la Organización Mundial del Comercio, las dos organizaciones mundiales paridas por el sistema de Naciones Unidas y donde se debían discutir los asuntos de fondo para interés de la humanidad en sus respectivos ámbitos, pero que lo que hace es discutir los asuntos de fondo para interés de los países poderosos en sus respectivos ámbitos. En aquellas reuniones, como todo parecía tranquilo y volviendo a la normalidad, todos hicieron propósito de enmienda para “futuras crisis” y reconocieron errores que, evidentemente, parece se volverán a repetir, porque la pandemia sigue siendo la del Covid y no una futura.

La cuestión es que la última mutación del virus ha vuelto a encender todas las alarmas porque esta vez no son unas modificaciones ligeras de partes no esenciales, sino que forman parte de la espina del propio virus, es decir, de la fórmula con la que se han creado las vacunas ARN y, por lo tanto, aumenta la posibilidad de que las vacunas dejen de ser efectivas contra el nuevo tipo de virus.

Hay interpretaciones para todos los gustos, pero lo cierto es que esto ya estaba previsto por la comunidad científica, que al igual que con el virus estacional de la gripe, se tendrán que elaborar diferentes vacunas para administrar en función de la cepa dominante en cada ola, una deducción científica que al menos desvela que no se trata de primera o segunda dosis, sino que probablemente haya que vacunarse todos los años.

Lo que resulta inadmisible es la forma en la que de nuevo están reaccionando los gobiernos nacionales de Europa y el resto de naciones poderosas: cierre de fronteras, exclusión de países pobres, y refuerzos de vacunas para sus conciudadanos, es decir, las mismas recetas que han tenido al mundo paralizado dos años y han generado esta última mutación.

Desde el primer momento se advirtió que las vacunas debían llegar a todo el mundo y especialmente a aquellos países con peores condiciones en su sanidad por la sencilla razón de que los virus no conocen de fronteras ni de clase social y que cuanto más tiempo corriera libre, más riesgo existía de que se crearan mutaciones cada vez más agresivas porque sobreviven los más fuertes. Es Darwin, nada nuevo bajo el sol.

Nada de eso se hizo. Los países ricos financiaron la investigación para después inmediatamente confiscar toda la producción de vacunas acumulando hasta cuatro veces más de las que necesitaban mientras que el resto simplemente no podía ni hacer un pedido. No, no es el mercado amigos.

El resultado son las variantes y las amenazas a la recuperación, a la estabilidad, etc., según esos medios de comunicación alineados con los poderosos, pero la realidad es que el resultado son de nuevo millones de personas excluidas, enfermando y muriendo sin que a nadie le importe demasiado. ¿O realmente el mapa de casos y vacunados de África les parece normal?

La avaricia de los poderosos, en este caso, solo puede ser comparada con su estupidez. Nadie estará a salvo hasta que todos estemos a salvo. Y todos es todos.


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