Bolivia y el debate federal

En una democracia no debe haber miedo a hablar de nada ni de poner las ánforas cuando hagan falta, pero todas las cartas deben ponerse sobre la mesa.

Tal vez como ocurrencia, o tal vez por puro instinto político, Evo Morales, a la sazón presidente del partido de Gobierno y la principal influencia política sobre Luis Arce hasta que se demuestre lo contrario, decidió recoger el guante lanzado por el gobernador cruceño el sábado y pedir que se abra ya un debate sobre el federalismo en Bolivia.

Morales quiere que el partido sea vanguardia, y eso implica mecanismos más ágiles en la toma de decisiones que los habituales en el MAS, de matriz sindical, y por ello ha iniciado la transformación del Instrumento, aunque en esta ocasión la toma de posición resultó ciertamente veloz por parte de su presidente. Aun así, pese a lo inorgánico, no deja de ser una salida interesante a una crisis política que amenaza con enquistarse.

Es evidente que el país tiene un problema que va más allá de una Ley o un paquete de leyes y que no tiene tanto que ver con la identidad como se pretende, sino con el encaje de las diferentes sensibilidades dentro del país, es decir, con el modelo de Estado.

El debate viene de lejos, pero en 2006 se abrió una discusión que se cerró también violentamente con la Constitución, que acabó adoptando el modelo autonómico de doble velocidad español - una para los que sí querían y otra para los que no, pero autonomía al fin - y que dejó enormes déficits pendientes para su aplicación, y uno sobre todos: la financiación.

Así, la autonomía nació moribunda y la Ley Marco de Autonomías que la recibió vino a ser una especie de matrona torturadora que se encargó de que nunca floreciera. Los miedos del poder central en aquella época tenían que ver con la amenaza de unos poderes facticos tradicionales replegados sobre los departamentos, pero que no dudarían en atacar desde allí cuando hiciera falta para recuperar los privilegios perdidos y utilizando cualquier excusa.

La coyuntura fue cambiando, los poderes más resistentes acabaron asumiendo que el MAS había llegado para quedarse y, o bien se rindieron, o bien se sumaron, sin embargo, ni la autonomía ni la ley Marco cambiaron de enfoque y, por ende, la frustración de aquellos que, si creyeron que ese modelo podía resolver los problemas concretos, pero también de enfoque, se fue cronificando.

Es fácil advertir por qué el modelo autonómico ha fracasado, porque apenas ha levantado el vuelo ni se ha puesto en práctica con garantías y con financiación suficiente. Es más fácil advertir que de nuevo hay intereses poderosos ocultos detrás de las demandas del federalismo, así como los riesgos evidentes de balcanizar el país, de dividirlo en pequeños átomos inconexos e incapaces de hacer frente a cualquier interés transnacional que amenace nuestras fronteras.

En una democracia no debe haber miedo a hablar de nada ni de poner las ánforas cuando hagan falta, pero todas las cartas deben ponerse sobre la mesa. Una Bolivia en la que quepamos todos, está primero.


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