La incapacidad comunicativa del MAS

Con todos los medios estatales a su servicio, con muchos privados cooptados y el resto bajo asedio, incluso los que comparten visión de país, el MAS es incapaz de explicar sus objetivos y proyectos

La fijación del Movimiento Al Socialismo con la prensa empieza a convertirse en enfermiza. Una obsesión que tiene mucho de ventajismo y que le sirve, sobre todo, para confrontar a los críticos y fidelizar a los adeptos: cualquier problema no es culpa del error propio, sino de cómo se ha entendido, y en el caso de salir mal, la culpa es de la prensa libre, cada vez más escasa y escuálida.

Ayer fue el diputado Mendoza quien lo explicitó entre sus lamentos por la última “derrota” de su partido a cuenta de la Ley 1386, esa que fija la estrategia de lucha contra las ganancias ilícitas y que a pesar de que su nombre invita a un apoyo evidente, ha sido tan mal gestionada que ha logrado aunar a la oposición sistemática con grandes sectores populares tradicionalmente afines al MAS, que ya no se fían de su propio gobierno.

El rol que ha podido tener la prensa en este conflicto es ciertamente limitado, pues al final ha sido un pulso entre el Gobierno y sus propios sectores, con los que siempre ha estado obligado a dialogar, pero que al parecer no son de prioridad para el presidente Luis Arce o quien corresponda que deba hacer esa tarea.

En algún momento el MAS y Evo Morales fueron los mimados de la prensa nacional porque representaban un verso suelto frente al poder establecido y decadente, y todavía lo son para una gran prensa internacional que gusta de endulzar los oídos a sus amiguetes, hacer crónicas de oídas a miles de kilómetros y, sobre todo, porque les sirve como experimento social y lavado de cara para sus contextos propios. A muchos les hace gracia que en Bolivia nos matemos por terquedades y les parece legítimo contar historias cercenadas.

El MAS de hoy dista mucho del MAS que nació con una serie de principios claros y banderas firmes. Muchas se fueron quedando por el camino, sacrificándose en favor de la estabilidad, la gobernabilidad y la hegemonía. El MAS se deshizo de cualquier planteamiento de izquierda – algo que no entienden los voceros del norte que siguen aplicando la condescendencia – y arrancó una deriva totalitaria que tampoco se esfuerza en negar: sumó sectores que poco tienen que ver con la soberanía o con el pachamamismo fundacional, eligió candidatos conversos, e incluso algunos muy poco convertidos, y se atrincheró en el poder hasta el punto de olvidar sus propias palabras dadas, pero la culpa siempre es para el que lo cuenta.

Para enfrentarlo, el MAS alineó todos los medios estatales – como lo hacen todos los gobiernos en el mundo -, cooptó a todos los privados en problemas y donde no pudo imponer su absoluta voluntad, agarró a algún familiar y creó el suyo propio para hacer la contra (o hacerse ricos). Intentó ahogar a todos y cada uno de los medios que no juró lealtad eterna, incluso a aquellos con líneas editoriales aproximadas a lo que en algún momento fueron los principios del Instrumento Político, y, aun así, no les ha funcionado.

El MAS debe entender que la información es algo más que la voluntad del Presidente, que la gente sabe leer y escuchar y que nadie quiere que le mientan en la cara. Los años pasan, los políticos también, pero los medios no mueren por la sencilla razón de que tienen una misión que la población entiende y defiende.

Cuando un Gobierno tiene un plan y lo ejecuta, no debería tener nada de qué preocuparse. Lo demás es cargo de conciencia.


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