El poder dilapidado del gobierno de Arce
El problema de un gobierno débil es evidente: no habrá proyecto que sobreviva si no se logran las necesarias alianzas antes de abrir cualquier debate, y ahora mismo nadie se fía de nadie
El gobierno se ha instalado definitivamente en la debilidad, una situación que no deja de llamar la atención por la forma en la que ha dilapidado un apoyo del 55 por ciento, incontestable y obtenido hace apenas un año, en medio de batallas insustanciales y decisiones escasamente estratégicas.
El ruido de la política se está llevando por delante lo poco o mucho que el gobierno de Luis Arce haya podido intentar hacer en este año de gestión, en el que evidentemente con una pandemia atravesada, no era fácil de enfrentar, pero que si algo no necesitaba era precisamente explorar la polarización extrema como forma de comunicación.
Son un buen número de problemas los que vienen acorralando a Luis Arce, y lo inquietante es que no parece querer abordar ninguno. Ni siquiera los evidentes, y es que Arce y su equipo han decretado que la economía ya está bien y en base a eso van hilando una narrativa que cada vez desconecta más con el pueblo que se siente por momentos "estafado", ya que no encuentra las certezas en su día a día. Un ejemplo básico: después de seis meses hablando de un crecimiento del 8 o 9 por ciento y de haber remontado todas las desgracias que dejó la expresidenta Jeanine Áñez, no habrá doble aguinaldo porque en realidad el crecimiento ha sido de poco más del 1 por ciento. ¿Entonces? ¿Cuándo han dicho la verdad?
El problema de un gobierno débil es evidente: no habrá proyecto que sobreviva si no se logran las necesarias alianzas antes de abrir cualquier debate, y en un momento de alta polarización no parece probable, pues es la materialización misma de ese clima surrealista: nadie se fía de nadie, ni siquiera de los propios.
Al final (ojalá) de una pandemia y en un momento en el que el mundo se plantea de verdad una vuelta de tuerca al asunto climático que vamos a pagar los pobres, hace falta tener claras las prioridades nacionales al menos en los asuntos económicos y de producción, lo que tiene que ver con la tierra, con el gas, con los transgénicos o con el fracking, con las industrias mineras y su negocio cooperativo y también con el litio. Acuerdos globales sobre unas pocas potencialidades que necesitan consenso nacional.
También hay otros asuntos de la política interna y la institucionalidad que se tienen que resolver. No podemos seguir con una Justicia así, hace falta un verdadero pacto fiscal y tal vez haya que profundizar más la autonomía para que todos se sientan cómodos en el país, y eso requiere decisiones, compromisos y tal vez, urnas para votos.
Lo que está claro es que no hay nada hecho y que se necesita un gobierno que gobierne, que busque las alianzas con el respeto debido, que no piense que la amenaza sirve para algo - ni los "cuates" apostados en las esquinas -, que sepa reconocer los errores pero también que sepa acertar. De hecho, es necesario que alguna vez, el gobierno acierte.


