Quién se acuerda de Afganistán

La lección es soberana. Son los pueblos los que acaban determinando su propio destino, guste más o guste menos, y no se trata a estas alturas de ir imponiendo voluntades por el mundo

A finales de agosto Afganistán ocupaba todos los informativos; en septiembre todavía se hablaba del tema en la parte central; en octubre se hicieron algunos recordatorios del tipo: dos meses del caos de Kabul, y en noviembre el asunto ha pasado a mejor vida. Los talibanes vuelven a gobernar el país más complejo y convulso del Oriente medio mientras los líderes mundiales miran para otro lado.

Sí, este editorial puede ser una autocrítica hacia esta profesión nuestra de informar - aunque difícilmente elpais.bo vaya a tener un corresponsal para el Asia Central -, pero lo es más hacia esa otra forma de gobernar, básicamente ignorando las cosas que suceden y acomodándolas al relato del momento.

La cuestión es que 20 años después de que Estados Unidos lanzase una represalia global contra un país entero porque su gobierno supuestamente cobijaba a los terroristas de Al Qaeda, ese mismo gobierno ha vuelto al poder y prácticamente sin derramar sangre en combate.

Su entrada triunfal y acelerada en Kabul sin disparar apenas un solo tiro mientras el ejército norteamericano se parapetaba en el aeropuerto dejando a su suerte a miles de colaboradores, que hasta se colgaban del fuselaje del avión para acabar cayendo, son imágenes que deben constar en acta y abrir significativas reflexiones sobre el poder y las alianzas. Reflexiones que acabaron siendo también efímeras. El presidente norteamericano Joe Biden sigue defendiendo sus decisiones, y aunque su valoración ha caído en las encuestas, no se le relaciona tanto con eso como con su gestión interna y el azote de Trump.

Europa, tradicional aliada en estas cruzadas mundiales de Estados Unidos también está guardando su riguroso silencio, peor en tiempos de escasez energética, mientras que los gigantes asiáticos sólo esperan su oportunidad de mercado sin hacerse cruces con esas cosas de la democracia y demás.

La vida sigue en Afganistán con mensajes claros extrapolables también a occidente, donde la polarización política y los extremismos miran de reojo al fundamentalismo religioso como una útil forma de captar adeptos mientras se plantean principios de la forma más cruda.

Los talibanes tuvieron el apoyo de la población y por eso retomaron el poder de una forma limpia y sin disparos después, ni más ni menos, de 20 años de haber sido perdido. Muy pocos en Afganistán vieron al gobierno implantado de Estados Unidos como algo distinto a lo que era: un grupo de usurpadores que en algún momento se iría. Y así fue.

La lección es soberana. Son los pueblos los que acaban determinando su propio destino, guste más o guste menos, y no se trata a estas alturas de ir imponiendo voluntades por el mundo. Un mundo que necesita más educación y menos lecciones.


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