Alcón y el diálogo - berrinche

Uno de los problemas serios surge cuando el Gobierno no quiere gobernar, sino que todo lo que se hable de ellos sea bueno

No es el talante dialogante precisamente el que caracteriza a Luis Arce. Nunca lo fue en los 14 años de gobierno, y ni siquiera durante la campaña, cuando sus asesores diseñaron “un tipazo” con el que cualquier boliviano se hubiera ido de parrillada.

Eso se nota, porque cuando uno no está acostumbrado a hablar las convocatorias suenan ficticias, forzadas y con un ánimo impositivo que, en Bolivia, conociéndonos, pues no caen nada bien. Por eso es que el diálogo con los gremiales apuntará lo que sea dentro de la estrategia oficialista, pero difícilmente cambiará la deriva de la protesta, que cada vez tiene menos que ver con las leyes y más con el abuso general del Gobierno.

En esas, la viceministra de Comunicación Gabriela Alcón dijo convocar a los directores de medios de comunicación a la plaza Murillo para conversar sobre “la desinformación”, es decir, un claro caso de “prevaricación” adelantando criterio, además, en medio de una conferencia de prensa que más pareció una renegada general – ni de lejos una clase de ética periodística – con castigo incluido. En política, los tonos cuentan.

El Gobierno parece haberse dado cuenta recién de que Bolivia es algo mucho más complejo que sus representaciones campo/ciudad, derecha/izquierda, ricos/pobres y de que el pueblo es bastante más maduro de lo que la élite masista cree y por ello requiere respeto. Esas simplificaciones en las que el Gobierno culpa a los medios de que los sectores populares se movilicen es de primero de totalitarismo, y en Bolivia estamos más que avanzados.

Establecer relaciones de respeto entre el poder político y la prensa libre es algo elemental en las sociedades democráticas y maduras, entendiendo que cada cual debe hacer su trabajo ya que ambos están meridianamente claros, no para unos y otros, sino para los lectores/votantes que son quienes finalmente juzgan el desempeño de unos y de otros.

Así, no es función de los medios hacer propaganda de nadie ni tampoco es misión de los políticos dar las noticias. Unos tienen que informar y los otros, gobernar. Uno de los problemas serios surge cuando el Gobierno no quiere gobernar, sino que todo lo que se hable de ellos sea bueno. Y sí, también es un problema fijarse siempre en lo malo. La gravedad de uno y otro problema lo acaban juzgando los lectores/votantes que es a los que evidentemente nos debemos siempre y en todo lugar.

Cuando Evo Morales cayó, el MAS se quedó sin caja de resonancia, puesto que durante 14 años había vivido de los medios gubernamentales (no estatales) y había cooptado otros tantos que no tardaron en “apagarse” ni bien empezaron los líos. Incluso algunos conformados por bandos familiares y amigos se silenciaron del todo hasta que el MAS volvió al poder, y volvió absolutamente con la misma estrategia de confrontar y no convencer, como quien no aprende nada.

El País no asistirá a este diálogo, como tampoco asistió al que en su día convocó Jeanine Áñez ni lo suele hacer a los que convocan las autoridades locales, aunque los temas sean mucho más específicos. No es tiempo de imponer sino de escuchar, y de que cada cual tome sus decisiones.


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