La COP 26 y comer siete veces al día

La cuestión de fondo es si los países hegemónicos se conformarán con comer tres veces al día, compartir un auto familiar, reutilizar la bicicleta, ir menos de vacaciones, gastar menos plástico, etc., o no

La Cumbre del Clima número 26 que se celebra en la ciudad irlandesa de Glasgow ha entrado en su fase anodina luego del arranque rimbombante de la semana pasada y antes de lo que se prevé sea una conclusión igual de rimbombante el próximo domingo, aunque probablemente igual de vacía.

Los números comprometidos no cuadran, y en realidad no van a cuadrar más allá de lo teórico, de ese encaje virtuoso que los economistas hacen con planes de desarrollo e inversión pública y privada estimada, que de repente se vuelve verde y sostenible porque sí, con su respectiva etiqueta ecológica, patentada, y tan moderna como tramposa.

La cuestión es la falacia y la no renuncia y no tanto todos esos datos alarmantes sobre el cambio climático, la inundación de costas, la desertificación de bosques, el deshielo de las cumbres y el secado de los lagos, que sí bien son prospectos ciertos que se harán realidad y ya nadie cuestiona, tampoco impresionan ya a nadie ni motivan ningún cambio, pues de tanto usarlas se han vaciado.

Entre cálculos de toneladas de carbono, hidrometrías y grados Celsius, el debate final es mucho más sencillo. La OMS y su ejército de nutricionistas y consultores dicen que hay que comer tres veces al día para estar sano, pero en el mundo hay lugares donde se come una vez y lugares donde se come 7 veces. El planteamiento conservacionista de la COP - envuelto en mil teorías y discursos políticamente correctos, aunque falsos - es que a lo mejor los países donde se come una vez al día pasen a comer dos; que los que comen tres sigan comiendo tres, pero más verde, y sobre todo, que los que comen siete sigan comiendo siete, también más verde, pero además que esa verde lo paguemos entre todos para que al final todo quede igual.

La emergencia del asunto impide ya discutir sobre los asuntos básicos de trasferencia de tecnología o de planificación estratégica. No hay tiempo para debatir. Se trata entonces de comprar lo existente y pagarlo a plazo. Magia.

La verdad de la milanesa no es si el fondo de adaptación será de 100.000 millones de dólares o de 200.000 ni de sí se comprará tecnología alemana o china. La cuestión de fondo es si los países hegemónicos se conformarán con comer tres veces al día, compartir un auto familiar, reutilizar la bicicleta, ir menos de vacaciones, gastar menos plástico, etc., o no, porque las diferencias entre los que contaminan los ricos y sus hábitos de vida y los pobres son abismales.

Las urgencias no deben impedir mirar el corazón del problema. Y es que, si la avaricia sigue moviendo las relaciones internacionales, si no hay una verdadera voluntad de parar y cambiar las cosas... ¿Para qué estaremos haciendo todo esto? Es el clima, sí, pero es el capitalismo, y sí, no hay otro planeta al alcance.


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