La coyuntura energética y la Cumbre del Clima

A estas alturas prácticamente no quedan negacionistas del cambio climático, sin embargo, de lo que se trata es de cómo se compensan esfuerzos de unos y los privilegios de otros

En plena cumbre del clima, los precios energéticos están por las nubes. Los políticos y los grandes medios hegemónicos tratan de distraer la atención reiterando viejos compromisos y haciendo como si nada de esto estuviera interrelacionado, pero evidentemente, lo está mucho más que lo que la pandemia pueda afectar al respecto: es el mercado amigo.
La cumbre de Glasgow pretende ser importante primero porque debe actualizar los compromi-sos nacionales de reducción de emisiones de CO2 y segundo, porque debe constituir un fondo de 100.000 millones de dólares anuales para ayudar a los países más pobres a desarrollar una economía baja en emisiones de carbono, pero ojo, el gran fondo de adaptación y mitigación es otro y se tratará en 2023.
Como sea, a los grandes productores del momento ya no les está haciendo gracia que esto del cambio climático se empiece a concretar en planes concretos que amenazan, esencialmente, los grandes negocios petroleros, automotrices, del transporte internacional de cargas, del plástico y de prácticamente todo lo conocido.
Son esos movimientos uraños los que están disparando el precio de la energía en Europa y Asia, y también en América; esos mismos los que están provocando un alza sin precedentes en el transporte de mercancías en buque y los que están provocando escasez por acumulación en sec-tores clave de la industria tecnológica. Pero de esto se habla poco, en Europa por ejemplo des-cartan intervenir en los mercados mientras se reiteran los planes de sustitución de energías sin advertir que todo esto tendrá un costo y que lo pagarán, sobre todo, los ciudadanos y los países pobres.
¿Alguien puede imaginar lo que puede costar en Bolivia un cambio total del parque automotor a vehículos eléctricos?
Por lo general, ante la incapacidad de concretar los planes tras 26 años de cumbres, el mundo occidental suele culpar a China y Rusia, las dos grandes potencias que representan los intereses de los países menos desarrollados y menos industrializados, y a los que se les está diciendo que no crezcan hasta que no gasten millonadas en convertir sus industrias a otras tecnologías verdes, cuyas patentes, por cierto, tienen aquellos países que destruyeron el planeta sin que nadie les diera la matraca con el cambio climático y el calentamiento global. Aunque muy normal no se veía que dejaran el Aguaragüe agujereado y lleno de derrames.
El planeta está en juego. A estas alturas prácticamente no quedan negacionistas del cambio cli-mático, ni nadie que sostenga la teoría de los ciclos evolutivos del planeta, aunque bien es cierto que un siglo en una inmensidad de millones de años es insignificante. Sin embargo, de lo que se trata es de cómo se compensan esfuerzos de unos y de otros.
Y es que todos los niños del mundo tienen derecho a comer tres veces al día, como recomienda mínimamente la OMS y tener el acceso a los servicios básicos, y esas diferencias de avaricias en-tre unos y otros son las que al final acaban de condicionar estas negociaciones. Nadie “salvará” el planeta mientras los privilegiados sigan oprimiendo a los empobrecidos.


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