La “ilusión” de la digitalización en la empresa

Quien más quien menos ha dado un salto adelante en el manejo de tecnologías digitales y ha encontrado nuevas posibilidades en su celular, lo que se debe aprovechar para ser más productivos

La pandemia no ha terminado, pero la normalidad hace tiempo que retornó a casi todos los ámbitos, fundamentalmente el del trabajo, que ha retomado a las viejas prácticas que nos colocan a la cola de la productividad del continente.

Hubo unas semanas en las que pareció que la pandemia nos había transportado al futuro, en el que habíamos avanzado de un solo saque varias décadas y todas las empresas se habían convertido en empresas inteligentes, implantando sistemas de seguimiento de procesos, abriendo espacios de reflexión y reunión online, mejorando sus páginas web y sus sitios de redes sociales para ofrecer más calidad y más productos…

En esos meses, quien más quien menos participó de un webinar formativo y se convenció de que la educación estaría por fin al alcance de todo el mundo con un solo click; se organizaron no solo talleres formativos, sino cursos de reciclaje y actualización y claro, muchos de estos estaban dedicados simplemente a aprender a manejar las herramientas que se hacían necesarias para la mentada digitalización.

Eran meses en los que los artistas regalaban su arte por internet y cualquiera se convertía en “influencer” prendiendo una cámara y poniéndose a teorizar en la red social de moda, sea Twich, YouTube o Instagram, la red de la felicidad.

Esto duró lo que duró: el internet sigue siendo una lágrima en Bolivia y no da para grandes propósitos; la gente se cansó de alargar sus jornadas laborales al día completo solo porque era novedoso reunirse por zoom o dar clases en pijama; los complejos sistemas y aplicaciones de pedidos y facturación se sustituyeron pronto por los comunes: Facebook para promocionar y WhatsApp para negociar y comprar. Por supuesto, los pagos en efectivo al “delivery”, como se ha hecho toda la vida con los taxis.

Son muy pocas las empresas y menos aún las instituciones públicas que supieron organizar de forma efectiva el teletrabajo para seguir siendo efectivos y productivos. En un país en el que la desconfianza es factor común y la productividad se mide en “horas nalga”, el volver a los recintos de trabajo donde se hace de todo aparte de trabajar se convirtió en una exigencia.

El furor pasó pronto, pero la experiencia queda, aunque sea fallida. Quien más quien menos ha dado un salto adelante en el manejo de tecnologías digitales y ha encontrado nuevas posibilidades en su celular más allá de ver videos en YouTube o intercambiar mensajitos, por lo que no debería dejarse pasar como cualquier cosa, sino más bien convertirlo en un insumo positivo y, con calma, extraer las buenas prácticas y aplicarlas.

Son las organizaciones empresariales las que deben dar un paso adelante en esto, pues la digitalización en la empresa boliviana está muy retrasada y a nivel mundial ya se han evidenciado los beneficios. Ojalá los esfuerzos no sean en vano.


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