Las cosas de Halloween

La fiesta estadounidense por excelencia está ya instalada en el imaginario nacional más allá de las excusas comerciales y del interés de la infancia, algo que tiene sus interpretaciones

Hace unos años todavía había debate y algún tipo de resistencia sobre esta fiesta absolutamente pagana y comercial en la que se va convirtiendo el 31 de octubre, convertido ya en “día de Halloween” en todos los sustratos de la sociedad. Hoy ya es una “tradición”, que diría aquel, en prácticamente todas las ciudades capitales del país y seguramente en muchas comunidades.

La fecha en sí tiene algunos elementos que la hacen “interesante”. La principal es que es comercialmente atractiva para gremiales y hosteleros, que en este nuestro país son los dos grandes poderes fácticos que van configurando el calendario festivo nacional.

No deja de resultar llamativo que la “siempre revolucionaria y anti imperialista” ciudad de El Alto se llene de estos elementos tan norteamericana y que los pilares del proceso se pinten de “calabazas”, telarañas, brujas y escobas. El negocio es el negocio.

La otra es que los protagonistas son los niños, o dicen que son los niños, porque yendo al punto resulta complicado creer que a un niño le guste disfrazarse de zombie o de bruja, pero es lo que hay. Con que los niños piden se derriban muchas barreras.

Esto de hacer protagonistas a los niños implica que casi todo el círculo social se involucra en el “festejo”, particularmente los colegios e incluso guarderías. En este año de clases irregulares y virtuales tampoco es la excepción.

Posiblemente hay pocas cosas en el mundo que simbolicen más la alienación cultural que la fiesta de Halloween. Un evento netamente estadounidense con un trasfondo indescifrable y sobre el que nadie espera teorizar demasiado, porque básicamente queda reducido a comprar cosas y decir que es divertido.

Tal vez algunos psicólogos avalen el valor pedagógico de una “fiesta” que habla de monstruos, miedos y sustos; de los beneficios de transformar a niños de cuatro años en dráculas pálidos con sangre pintada en la boca, o “zombies”, que vienen a ser muertos vivientes, o brujas, que aunque les hayamos tomado cariño por aquello de la transgresión, vienen a ser mala gente. Tal vez no.

En cualquier caso, no es función de este periódico decirles a los padres de qué disfrazar o no a sus hijos, sino más bien retratar el día a día, el mes a mes y el año a año, y esto está pasando, más allá de las bravatas antiimperialistas que se escuchan a diario en ciertos niveles del Estado. ¿Qué implicaciones tendrá en el futuro? Tal vez ninguna, pero lo objetivo es que esta fiesta se ha instalado en el país.

Mañana nomás se celebra el día de Todos los Santos, que en nuestro eclecticismo cultural lleva años siendo una cita de guardar con todos los rituales y todos sus significados y que, de alguna forma, tiene también el trasfondo de explicar la muerte, aunque desde otro punto claramente diferente al de la fiesta de Halloween. Ojalá seamos capaces de involucrar a los niños en la fecha, porque desde luego, los valores que la rodean son diametralmente diferentes.


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