Bolivia y su economía “depositada”

Ante la incertidumbre de la crisis, las familias han optado por guardar sus dineros en los bancos a tasas muchas veces miserables, en lugar de gastar o invertir

En este afán político de convertir cualquier dato en una victoria, algunos de los más funcionales salieron para “celebrar” que “Bolivia” había “superado” la barrera de los 200.000 millones de bolivianos en depósitos bancarios.

Como la cifra sonaba poderosa y rimbombante, y algunos creen que las economías nacionales requieren de bancos repletos de dineros, consideraron que era una buena noticia y empezaron con los habituales excesos verborrágicos, luciendo un músculo que en realidad no existe.

Una economía que bate récords de depósitos en un momento de crisis es básicamente una economía estancada, es decir, una economía que tendrá dificultades para crecer porque no hay ni gasto ni inversión, y solo ahorro.

Es el resultado de un proceso largo, pero que se va evidenciando. Ante la incertidumbre de la crisis, las familias han optado por guardar sus dineros en los bancos a tasas muchas veces miserables, en lugar de utilizarlo en otros asuntos que realmente muevan la economía. Es decir, las familias bolivianas hoy prefieren ahorrar que gastar o invertir, lo cual tiene un impacto considerable en el empleo, lo que a la vez vuelve a repercutir en la inversión y el gasto.

Tan keynesiano como siempre, el Gobierno de Luis Arce defiende que el motor de la economía y su sistema Social, Productivo, Comunitario, es siempre el dinamismo del consumo interno, es decir, bolivianos gastando su dinero estimulados por una inversión pública potente y unas perspectivas de crecimiento significativo. Sin embargo, en un momento como este en el que la inversión pública está detenida, la privada, que es sustancialmente más cuantiosa, también se ha quedado en el banco.

Resulta difícil en un momento como este convencer a las familias a que salgan a cenar, vayan de vacaciones, compren regalos, electrodomésticos que nunca necesitaron, etc., y lo propio que inviertan en mejorar sus casas o negocios salvo que sea para dar cobijo habitacional precisamente a aquellos que han perdido las expectativas de encontrar un buen trabajo.

Arce y su gobierno creen que con decretar el fin de la crisis y decir que crecemos y todo va bien, el boliviano medio va a volver a salir a la calle a gastar, pero lo cierto es que ni el contexto económico ni el político lo recomiendan.

La polarización permanente solo incrementa la desconfianza, y la desconfianza no estimula ni el gasto ni la inversión, al contrario, lo único que puede disparar es que los bolivianos, además, empiecen a sacar sus dineros de los bancos para guardarlos debajo del colchón completando así un círculo vicioso que arrastraría no tanto a Arce, sino al país.

El Gobierno debe dar certidumbres serias por la vía directa o la indirecta, lo cierto es que mientras enreda en busca de ingresos extras que le permitan seguir invirtiendo haciendo enojar a los sectores informales, las grandes corporaciones mineras y cooperativistas celebran también sus récords de ingresos, que nada dejarán para el país.

Gobiernos de todo el mundo de signos muy distintos han intervenido directamente en su economía nacional para garantizar el empleo y la inversión con medidas concretas e impositivas sobre las grandes corporaciones, por ejemplo; en Bolivia seguimos esperando a que el mercado haga lo suyo.


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