Todo lo que perdió Arce en un año
Arce sigue siendo el segundo presidente más votado de la historia, pero no parece que el país esté tomando el rumbo prometido en campaña, ni que la estabilidad se haya convertido en seña de identidad
Parece que haya pasado una década, pero en realidad solo han pasado 365 días desde que Luis Arce firmó la tercera mayor victoria del Movimiento Al Socialismo (MAS) en una elección presidencial, con un 55 por ciento que tumbó todos los sondeos previos que sí le daban como ganador – salvo algunos -, pero no con la abrumadora mayoría que finalmente logró.
Aritméticamente, la victoria era obvia, sobre todo desde que Luis Fernando Camacho se constituyó como candidato en solitario contra viento y marea. El candidato cruceño, hoy Gobernador de Santa Cruz, logró un digno 14 por ciento que materializó en una bancada propia que hoy por hoy resulta clave en su estrategia. Hoy sabemos que Camacho sí sabía muy bien lo que estaba haciendo en aquella elección.
El gran damnificado fue Carlos Mesa, que básicamente renunció a hacer campaña en medio de la pandemia y se dedicó a exigir – más que a pedir – el voto por haber sido el más votado en 2019 y considerar que sin él nunca se hubiera ido Evo Morales. La estrategia del voto útil que funcionó en 2019 se convirtió en soberbia en 2020 y los ciudadanos lo colocaron en su lugar: un 28 por ciento muy escaso similar al de sus antecesores de Podemos (2005), Convergencia (2009) o Unidad Demócrata (2014).
Punto arriba o punto abajo y se crea lo que se crea sobre un “fraude” que en ningún caso sería “monumental”, Mesa bajó del 37% al 28% y el MAS subió del 47% al 55% esencialmente por dos motivos.
El primero de ellos, porque Luis Arce era un candidato constitucional y Evo Morales, que además había pedido permiso en un referéndum que perdió, no lo era.
El segundo motivo, y más poderoso si cabe, fue la gestión de Jeanine Áñez. Posiblemente con un gobierno más inteligente, el MAS no hubiera recuperado su hegemonía, pero las torpezas autoritarias, el manejo de la Justicia, el clasismo, la incapacidad de gestión económica, la burda politiquería y la corrupción, todo desvelado en apenas once meses de gestión, asustó a un gran bloque que decidió darle el voto de nuevo al MAS, que ya no estaba en posición de fuerza.
Es importante recordar esto, porque Arce no ganó las elecciones exhibiendo las banderas del “golpe de Estado”, pues llegó incluso a hablar de una “sucesión constitucional” en varios programas de televisión. Arce recuperó el poder por la incapacidad mostrada por la derecha tradicional de gestionar un país complejo y diverso, pero orgulloso. Arce recuperó el poder porque simbolizaba la estabilidad, el anhelo de otros tiempos.
Un año después, Arce sigue siendo el segundo presidente más votado de la historia, pero no parece que el país esté tomando el rumbo prometido, ni que la estabilidad se haya convertido en seña de identidad, ni que haya voluntad por superar las heridas ni por corregir los errores. Más bien al contrario.
Es evidente que los que hacen las campañas no son los mismos que después hacen la gestión, pero resulta decepcionante comprobar cómo se puede cambiar tanto de un momento a otro, sobre todo cuando te ha dado tan buenos resultados. Hace tiempo que el MAS dejó de escuchar y de leer y que vive encerrado en sí mismo, pero los riesgos de sus acciones y caprichos no son para el MAS, sino para el país.


