Atlas y la retórica del MAS
En Bolivia hay docenas de conexiones formales, informales y ocultas entre “activistas”, políticos y comunicadores y la mencionada red, mientras el MAS aplica la endogamia
La política ha entrado en un túnel muy estrecho, muy polarizado, en el que ningún analista – estratega – coach tiene claro dónde irá a acabar, pero tampoco les importa demasiado conforme sigan influyendo en cada proceso electoral y facturando sus emolumentos. La profesionalización de la comunicación política, necesaria en demasiadas ocasiones, como evidencia Johnny Fernández en cada ocasión, y sobre todo, ese discurso de la muerte de las ideologías que insufla el auge populista – redes mediante – está trayendo estas experiencias globalizadas de campañas y discursos poco enraizados en las realidades, obviando los contextos.
Esto es básicamente lo que pasa con la oposición en Bolivia, ahora dolida si se les cataloga como derecha simple y llana. Básicamente compran los discursos de Atlas y el resto de ONG multiplicadoras del mensaje neoliberal para intentarlo acomodar a una realidad nacional en la que difícilmente encontrará sentido.
La red Atlas lleva cuatro décadas en expansión, pero ha sido en los últimos años cuando ha entrado en un ciclo virtuoso gracias a la conectividad de las redes y las plataformas virtuales y la masificación de internet. Su misión es “sencilla”, difundir los valores neoliberales bajo el mantra de libertad y superación personal de forma atractiva para todos los ciudadanos. Se financia con las grandes empresas del sistema: energéticas, tabacaleras, petroleras y demás, y todo el mundo la entiende como la extensión colonial del departamento de Estado de Estados Unidos, aunque se niegue.
En Bolivia hay docenas de conexiones formales, informales y ocultas entre “activistas”, políticos y comunicadores y la mencionada red, que libera recursos ni tan generosos pero suficientes como para embarcarse en determinados proyectos que apuntalen la tesis general, sea cual sea su finalidad última y su detalle. No se trata de ir al punto, sino de que todos empujen en la misma dirección, con sus propias divergencias.
La última moda es el “libertarismo” de Javier Milei en Argentina, que cae bien en países muy hechos, donde la institucionalidad se sostiene y el Estado ofrece los servicios esenciales con calidades más que aceptables, pero que chirría en países como Bolivia, donde la presión tributaria (que es diferente a la persecución del SIN) es insuficiente para sostener mínimamente un Estado del Bienestar con salud y educación, sin embargo, hay docenas de voceros muy esforzados tratando de explicar cómo a Bolivia le iría mejor si el Estado se retirara de todo y no cobrara impuestos y dejara que las empresas privadas cubrieran las demandas. Internet, gas, salud… sobran ejemplos de buenas prácticas en este país.
Lo curioso es cómo el MAS está haciendo frente a estos avances discursivos, que más temprano que tarde lo acabarán acorralando, como ya lo hicieron en 2016 y en 2019, pues en lugar de sembrar, sigue encerrado en su endogamia, concentrando todos los esfuerzos en aquellos lugares que puede controlar o donde hay parientes o amigos y sin importar el contenido, solo el continente y el rédito inmediato.
Algunos analistas que también compran la teoría del túnel muy estrecho le dan una doble dirección, una carrera discursiva que lleva dos máquinas en direcciones opuestas y que avanzan a toda velocidad hacia la colisión. Cuando llegue de nuevo, cada cual quedará en su lugar y perderán de nuevo los peor preparados.


