La democracia de las mayorías

Bolivia se ha construido en las calles, con la violencia de la rebelión impulsada por la razón de la mayoría, y alguna vez por la codicia de la minoría, pero hoy se suman las ánforas que hay respetar

Aunque en Bolivia tenemos nuestro día particular para celebrar el retorno de la democracia, hoy se celebra el día internacional de la misma, de esa forma de gobierno que es la menos peor de todas las que se han ejercitado en algún momento en algún lugar – hay algunas utopías nunca practicadas – y la comúnmente aceptada como ideal.

La democracia como concepto habla del gobierno de las mayorías, aunque estas cosas de la mayoría siempre son relativas, sobre todo en esos países donde el voto es un derecho y no una obligación y una enorme cantidad de gente prefiere quedarse en su casa y no votar, de esa forma, los elegidos por la “mayoría” acaban representando solo a una parte.

También es un problema cuando solo unos pocos pueden ser electos porque cualquiera no puede acceder a la carrera política, porque cuesta dinero, porque necesita logística, partidos, y visibilidad, y de esa forma los que pueden ser elegidos por “la mayoría” son los que ya mandan, los ricos, o los que tienen algún soporte con mucho dinero.

La democracia es también un sistema perverso para el “ignorante”, para aquel que no quiere aprender, para aquel que no lee, para aquel que no contrasta su información y se mueve solo por corazonadas o por los dichos de tal o cual vecina, por lo que dicen que dicen, y se convierte en presa fácil del populismo, de aquellos que hacen la política desde las emociones más primarias, particularmente desde el odio.

La democracia como sistema mejor apreciado está en retroceso, lo dice año tras año el Latinobarómetro de una forma muy contundente. Ya apenas el 50% de los latinoamericanos considera que es más importante vivir en democracia a que te aseguren la seguridad física y económica, lo que técnicamente justifica una dictadura o, al menos, un Gobierno muy autoritario como los que de hecho venimos viendo en Brasil con Jair Bolsonaro o lo que pretende ser el de Duque en Colombia, y también a lo que apunta Pedro Castillo en Perú. También Jeanine Áñez jugó un tiempo a eso de la mano dura, aunque en el caso boliviano le salió contundentemente mal.

El otro problema con la democracia es quien la cuenta, hay veces que las cuentan las personas, hay veces que las cuentan los ganadores o los perdedores, y la mayor parte de las veces las cuentan los medios de comunicación, que necesitan ser libres de raíz para expresarse, pero que lo hacen desde sus principios y valores.

Lo bueno de la democracia es que los que hablan son los ciudadanos en las ánforas, y que sus resultados son soberanos, por encima de los problemas, de los temores, y de las narrativas. Cuando se vota se cierran los conflictos, pues el votante no se equivoca, le guste a quien le guste, lo mismo el 21 de febrero de 2016 que el 18 de octubre de 2020. No caben relecturas, no caben interpretaciones de parte, no vale negar los resultados.

Durante décadas, Bolivia se ha construido en las calles, con la violencia de la rebelión, muchas veces impulsada por la razón de la mayoría, alguna que otra por la codicia de la minoría, hoy se suman las ánforas como mecanismo para cerrar esos conflictos abiertos, pero para ello es imprescindible que cuando hable el pueblo, los políticos callen y escuchen. Y así, seguir avanzando, no llorando.


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