Bolivia y la vacunación obligatoria
El problema de debatir sobre la obligatoriedad o no es que magnifica el efecto de la vacuna, pues su función es la de atenuar los síntomas para evitar ingresos y no te convierte en inmortal
Es poco probable que en Bolivia prospere alguna iniciativa legislativa que pretenda hacer de la vacunación contra el coronavirus un hito obligatorio, principalmente porque la vacuna se ha anunciado desde el principio como gratuita y voluntaria y cambiar requeriría de algunas explicaciones extra sobre todo desde el Gobierno hacia algunas de sus bases.
Y es que en Bolivia no hay un movimiento antivacunas como tal particularmente organizado, pero sí hay cierta desconfianza en el campo que viene desde Perú, por rebalse, con los desmanes fujimoristas recientemente condenados sobre sus “planes” de control de la natalidad.
También hay un amplio rechazo entre iglesias evangélicas, que, sin explicar bien las razones, pues ningún dogma cristiano se opone a otros programas de vacunación, se han ensañado con la ciencia del Covid.
Y también hay cierto sector de la oposición, como Samuel Doria Medina, pidiendo emular al presidente francés Emmanuel Macron, que pese a haber abanderado durante toda su gestión el liberalismo más progresista, se ha convertido en el paradigma del modelo de enfrentar al virus a través de la vacunación y el control.
Hace pocos días, Macron anunció con aplomo que “esta vez quienes se quedan en casa son ellos” para justificar sus medidas que prohíben a la gente no vacunada ingresar a eventos y bares, viajar en determinados espacios e incluso se prohíbe contratar a personal sanitario que no se haya vacunado.
En este caso, la ultraderecha – especialista en canalizar el malestar de la gente hacia sus objetivos políticos - ha respondido con furia llamando a la movilización de sus bases, con dispar éxito, sin embargo, no parece que el Presidente francés, que también buscará la reelección en 2022, vaya a cambiar de opinión.
En Bolivia, acostumbrada a las restricciones por el voto obligatorio, por ejemplo, no sería difícil de aplicar una medida similar, pero por el momento se evita, lo que implica que ninguna empresa, por ejemplo, puede exigir a sus empleados que se vacunen, pues, además, los asuntos de salud siguen siendo parte de la estricta intimidad.
El problema de debatir sobre la obligatoriedad o no es que magnifica el efecto de la vacuna, como ya se ha visto en varios países y también en Bolivia, pues su función es la de atenuar los síntomas para evitar ingresos en Terapia Intensiva, es decir, proteger el sistema público y privado colapsado durante las primeras olas, pero no evita que el paciente enferme mientras que se analiza cómo sigue transmitiendo la enfermedad pese a estar vacunados. No hay un criterio único.
Lo cierto es que la vacuna no te convierte en inmortal, peor como se han administrado en Bolivia, ampliando los plazos de las tres semanas recomendadas a los 90 días máximos. Lo que más ayuda a luchas contra el virus es sin duda la racionalidad, mantener el barbijo, evitar aglomeraciones, soportar la distancia social un poco más y, evidentemente, la vacunación. Siempre es mejor convencer con la razón y los datos que con la obligatoriedad. La batalla contra el virus no ha terminado. Nadie puede cantar victoria. Tampoco nadie puede bajar los brazos.


