Murillo y la debilidad de memoria

Murillo era un político apolillado, un segundón frustrado de Samuel Doria Medina que lo bautizó como el Bolas, pero que desde el poder reveló su extremismo sectario y abusivo

Una de las cosas más extrañas que sucedieron entre noviembre de 2019 y octubre de 2020 fue que un personaje como Arturo Murillo se convirtiera en Ministro de Gobierno y vocero privilegiado del gobierno de Jeanine Áñez. Por momentos llegó a parecer incluso el cerebro detrás del trono y no solo porque condujera el “proceso de transición” directamente al precipicio, sino porque pareció que realmente tuviera un plan y moviera algunos hilos con inteligencia.

En aquellos tiempos de zozobra en los que poco se podía hablar sin que te cayera encima una legión de exaltados lo escribimos al menos dos veces en editoriales con nombres y apellidos, en mayo en Murillo, el abuso de poder y una explicación pendiente, y en septiembre en Murillo, el Procurador y los intereses del Estado, además de en una infinidad de portadas: el extremismo de Murillo solo conducía a la violencia y sus intereses poco tenían que ver con los intereses de la Patria y mucho con la venganza personal.

El ministro de Gobierno imprimió el carácter sectario y extremista al Gobierno de Jeanine Áñez, que luego de entrar por la ventana y con la Biblia en la mano necesitaba un camino de reconciliación nacional si alguna vez pretendió devolver la normalidad democrática al país, pero que optó por el de la negación del otro.

Las consecuencias fueron evidentes y de inmediato. Quién sabe qué hubiera podido pasar en la elección de mayo, luego de convocarse en enero, con las heridas todavía calientes, pero la realidad es que Áñez no logró siquiera llevar su candidatura hasta el final porque el relato que intentó instalar: narcoestado, comunismo, población indignada, etc., no coincidía con la realidad del día a día, pero cuantas más semanas pasaron en el poder.

Murillo era un político apolillado, un segundón frustrado de Samuel Doria Medina que había sido objeto de burla nacional por su apodo: el Bolas. Parecía acostumbrado al ostracismo de la oposición gris en connivencia con el Movimiento Al Socialismo, pero pocos como él han hecho cierto el dicho: el poder revela.

Murillo se vistió de extremista, enseñaba esposas, amenazaba con cárcel u otras consecuencias a opositores, avergonzaba a colaboradores, insultaba periodistas, ponía tono engreído de salvador y le susurraba al oído a Jeanine Áñez para que todo el mundo creyera que el poderoso era él. La investigación del FBI dice que empezaron a planificar el robo desde el primer día que tomó el poder.

Por aquellas cosas del destino, el hecho de que Murillo haya sido detenido por el FBI y no por la Policía Boliviana evita el lagrimeo de quien se dice víctima de la persecución política, y afortunadamente, acaba de revelar las penosas consecuencias que pudo haber tenido alargar en el tiempo un Gobierno de oportunistas y viejos lobos de mar que entraron con las ideas claras de lo que había que hacer.

Urge que Bolivia tenga una Justicia capaz de llegar al fondo de estos temas, y de todos los temas. De ese Gobierno y de todos los Gobiernos. Mientras tanto, dos apuntes: uno, Murillo fue validado políticamente por la candidatura de Juntos, por mucho que fracasara después, sus aliados de entonces son responsables de haber alimentado esa violencia retórica de alto riesgo y no pueden darse la vuelta ahora. Y dos, no se debe caer en la tentación de convertir a Áñez en rehén de Murillo. Lo de “salvajes” salió de donde salió.

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