Un año de pandemia
Nos jugamos demasiado en esta pandemia y no habrá reactivación económica mientras el virus siga rondando. Ha pasado un año y hemos aprendido poco. Toca reflexionar
Aunque en Tarija el primer caso de Covid no se confirmó hasta el 29 de marzo y el primer deceso no se registró hasta primeros de mayo, lo cierto es que a estas alturas del 2020 todo el país estaba muerto de miedo y con miles de incógnitas en la cabeza. El drama acababa de empezar, el Covid había entrado definitivamente en Bolivia, concretamente en Santa Cruz y Oruro, y con la campaña electoral ya lanzada, no había nada parecido a un plan para tratar de contenerlo.
La presidenta Jeanine Áñez reconvirtió a su “Embajador de ciencia y tecnología”, Mohamed Mostajo, en una especie de asesor plenipotenciario en materia de Covid, pero el relevante científico graduado con honores en Harvard resultó haber perdido el contacto con el país, y las decisiones acabaron por hacer un daño atroz al tejido social:
La primera fue decretar una cuarentena durísima en todo el país en apenas dos semanas de pandemia y cuando había apenas 40 casos confirmados en todo el país – en Tarija por ejemplo no había ninguno -. Su aparato mediático, que seguía en campaña, trataba de posicionar a una “madre” Áñez mostrando su perfil duro para “cuidar” a sus ciudadanos, y de recto, llegaron a insinuar que quienes se contagiaban eran “masistas nomas”.
La cuarentena durísima duró evidentemente poco, porque los ahorros de los ciudadanos duraron un suspiro y todos aquellos supervivientes que se agrupan en la categoría de subempleo
La cuarentena durísima duró evidentemente poco, porque los ahorros de los ciudadanos duraron un suspiro y todos aquellos supervivientes que se agrupan en la categoría de subempleo simplemente no tenían para comer. La Presidenta, que seguía en campaña, prometió bonos por doquier, que después se resumieron en 500 bolivianos “para todos” que evidentemente no alcanzaban ni para comer.
La falta de previsión y de plan económico hizo fracasar las medidas de cuarentena, a las que se hace imposible volver, lo cual ha generado después numerosos problemas de los que todavía no se ha salido.
La segunda tuvo que ver aún más con el ámbito de experiencia del embajador plenipotenciario Mohamed Mostajo, quien descartó reiteradamente la utilización de pruebas rápidas y se la jugó a la contención, que evidentemente no funcionó. Bolivia sigue siendo uno de los países con más alta letalidad del mundo, lo que tiene que ver con su bajo nivel de diagnóstico, y esto con la poca capacidad de hacer pruebas PCR, que tiene que ver con la dificultad de adquirirlas en el mercado en su momento, pero, sobre todo, con el alto precio que desaconsejaba para un país como el nuestro usarla de forma masiva e indiscriminada.
Después vino el uso político, el escándalo de los respiradores – que le costaron la carrera Jeanine Áñez -, el cambio de Gobierno, la minimización del virus por parte de Arce y la torticera carrera por las vacunas, donde el Presidente ha prometido varios millones de dosis, pero que no llegan.
Lo cierto es que la pandemia en el país sigue más allá de lo que se quieran maquillar las cifras – ahora como antes -, que las vacunas llegan con cuentagotas y no son una solución a corto plazo, y que la gente está absolutamente cansada, pero que toca. Nos jugamos demasiado en esta pandemia y no habrá reactivación económica mientras el virus siga rondando. Ha pasado un año y hemos aprendido poco. Toca reflexionar.


