Una profunda atención para el penal de Morros Blancos
En la cárcel, como en los estrados, los implicados se convierten en una especie de cajero automático que “el sistema” exprime hasta el final. Muchas veces el final es la muerte
En apenas dos semanas se han registrado cuatro muertes de cuatro internos del penal de Morros Blancos, además de otras reyertas, mientras se mantienen investigaciones sobre lo sucedido con algunos de los presos más “conocidos”, como la muerte del “Takhesi” o el “Juco”.
Es verdad que no todos los fallecidos han sido en las mismas circunstancias. Uno falleció en accidente de tránsito en la Oruro – Potosí en un traslado; otro aparentemente se suicidó en el baño; los otros dos han sido producto de dos brutales agresiones.
El goteo de decesos es constante y se ha incrementado en los últimos meses, lo que da cuenta de una situación enrarecida que va a más con el paso del tiempo y que las autoridades policiales y ministeriales no están logrando contener, pero que no debería alargarse mucho más en el tiempo.
El penal de Morros Blancos es una de esas infraestructuras malditas y abandonadas, en la que a nadie le interesa invertir demasiado, porque no está bien visto, y ni siquiera el problema de sus aguas servidas han logrado revertir en años de molestias a los vecinos. Edificios antiguos y espacios que permiten mantener ese esquema de privilegios entre unos y otros tan alejados de la Constitución y tan tolerados por todos.
El problema, sin embargo, sigue estando más profundo que el simple estado de sus infraestructuras. Morros Blancos, como tantas cárceles del país, se ha convertido en un pozo ciego en el que se van depositando presos al calor de los acontecimientos de los que después el sistema se olvida.
Los decretos de indulto y amnistía se han convertido en moneda corriente; lo hizo Evo Morales antes de elecciones; lo hizo Jeanine Áñez poco después de entrar al Gobierno con la pandemia como excusa y también lo ha hecho el presidente Luis Arce, con más polémica, dentro de sus primeros cien días en el Gobierno. El mecanismo, sin embargo, debería ser extraordinario y no una fórmula para descongestionar las cárceles cuando estas se ponen peligrosas o superpobladas.
El problema está en la Justicia, en un sistema judicial que te garantiza esencialmente procesos largos y farragosos, extraordinariamente caros, donde solo unos pocos podrán acceder a determinados beneficios, y a los que “no les alcance” tendrán que pasar su vida entre rejas aunque sea como resultado de una pingüe audiencia cautelar a la carrera. Una vez en la cárcel, la salid se vuelve un asunto complejo y los propios reos prefieren dedicar esfuerzos a su supervivencia.
Tanto en la cárcel como en los estrados judiciales se ha perdido la perspectiva humana. Ni qué hablar de un centro de reinserción cuyo objetivo sea que el delincuente pueda volver a integrarse en la sociedad tras haber pagado por el delito, pero sobre todo, modificado los aspectos emocionales que lo llevaron hasta allí. En la cárcel, como en los estrados, los implicados se convierten en una especie de cajero automático que “el sistema” exprime hasta el final. Muchas veces el final es la muerte, como en la barbarie.


