Los riesgos de una cuarentena sin hoja de coca

Este no es un editorial sobre si gusta más o gusta menos mascar hoja de coca, ni sobre si está bien o está mal el acullicu, ni mucho menos un compendio de normas sobre dónde, cómo y cuándo se debería practicar. Este es un editorial sobre Bolivia y su gente y una costumbre ancestral...

Este no es un editorial sobre si gusta más o gusta menos mascar hoja de coca, ni sobre si está bien o está mal el acullicu, ni mucho menos un compendio de normas sobre dónde, cómo y cuándo se debería practicar. Este es un editorial sobre Bolivia y su gente y una costumbre ancestral arraigada entre las clases populares y que, por cierto, ha ganado adeptos entre otros sectores últimamente.

La cuestión es que la hoja de coca se ha esfumado de los mercados de Tarija y del norte argentino, y seguramente de muchos otros rincones del país. Lo que al principio parecía una operación especulativa al uso en tiempos de escasez ha venido a ser una disposición más o menos impuesta y razonada - según señala el responsable local de la Dirección General de Comercialización e Industrialización de la Hoja de Coca (Digcoin) – del Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras, que suspendió la hoja de ruta y comercialización de la misma durante la cuarentena nacional por el coronavirus.
Lo que al principio parecía una operación especulativa al uso en tiempos de escasez ha venido a ser una disposición más o menos impuesta desde el Ministerio de Desarrollo Rural, según la Digcoin
El debate de la hoja de coca es un asunto pendiente en el país y que tendrá que abordarse sin demagogias en el algún momento. Es evidente que la coca excedentaria se destina al narcotráfico y es evidente también que más allá de sus aspectos medicinales, tiene un componente adictivo, aunque sea moderado, y que genera problemas de salud en determinadas personas cuando se convierte en un hábito diario, pero hasta la fecha es un producto totalmente legal y consumido por miles de bolivianos, particularmente por aquellos que realizan esfuerzos físicos o padecen largas jornadas.

Todos los gobiernos sin excepción han tolerado el consumo tradicional de la hoja de coca, aunque fue el último el que hizo de su consumo una bandera política, lo que le sumó en unos lados y le restó en otros. En la actual coyuntura de polarización e intolerancia, todo lo que tiene que ver con coca parece referir a un bando y exige a los otros criticarlo, pero nada de eso tiene que ver con la Bolivia real, con el país que crece, lucha y padece en silencio, tantas veces acompañado por cinco pesos de la hoja sagrada.

Como decíamos, este editorial no pretende hacer ningún alegato en favor de la hoja de coca ni en su contra, ni exaltar sus virtudes ni sus riesgos, pero sí advertir de que mientras unos claman en Facebook beligerantemente, otros ven violentadas sus costumbres en un momento en el que es más necesario que nunca conservar la paz interior para salvaguardar la salud.

Todas las medidas del Gobierno, hasta ahora, se han encaminado precisamente a hacer que la gente asuma la cuarentena, a eso aporta la militarización, pero también los bonos y los subsidios, que ayudan precisamente a que la gente se quede tranquila en su casa y no encuentre motivos para salir, o peor, desencadene otro tipo de reacciones violentas.

Que la hoja de coca escasee en el país no contribuye en nada a ese objetivo. Convendría por lo tanto una revisión de las disposiciones y en el fondo, alguna muestra de empatía, y no tensar una cuerda que de por sí, es frágil.

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