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A Eduardo Trigo O’Connor d’Arlach

La Estrella de Tarija

Cántaro
  • Edwin Rivera Miranda
  • 14/07/2026 03:38
Eduardo Trigo O’Connor d’Arlach

Eduardo Trigo O’Connor d’Arlach

Calles de Tarija

Calles de Tarija

Eduardo Trigo O’Connor d’Arlach
Calles de Tarija

Tarija tenía un lucero

que nació cuando octubre sonrió;

entre naranjos, iglesias y cerros

la mañana su nombre pronunció.

Era un niño de mirada serena,

con un libro temblando en la ilusión,

y en sus manos dormía, como un ave,

la promesa infinita del saber.

 

La ciudad le entregó sus jardines,

sus campanas de plata y de azahar;

él soñaba con leyes y caminos

que unieran a los pueblos en la paz.

Y una tarde cruzó los océanos,

persiguiendo la luz del conocer;

Londres abrió sus antiguos palacios,

La Haya le mostró un nuevo amanecer.

 

Cuando volvió traía entre los ojos

la distancia convertida en verdad;

no buscaba coronas ni tesoros,

sino servir con noble dignidad.

Fue llevando el nombre de Bolivia

como un lirio de firme resplandor;

cada patria le ofrecía un saludo,

y él respondía sembrando honor.

 

En salones de mármol y banderas,

entre voces de idiomas y cristal,

defendía con sabia cortesía

el destino de su suelo natal.

Mas su corazón, siempre viajero,

regresaba al valle en su canción;

porque hay tierras que viven para siempre

en el íntimo centro del corazón.

 

Y después, bajo el techo de las aulas,

con la calma del viejo profesor,

fue encendiendo pequeñas luminarias

en el alma sedienta del lector.

Cada clase era un puente hacia el futuro;

cada duda, una puerta hacia la luz;

enseñaba que el Derecho florece

cuando marcha de la mano de la virtud.

 

Pero había otro reino que lo llamaba:

el del tiempo escondido en el papel,

donde duerme la historia de los pueblos

esperando la voz de un hombre fiel.

Él buscó los recuerdos olvidados,

los vistió con paciencia y claridad,

y Tarija encontró en aquellas páginas

el espejo más limpio de su edad.

 

Conversó con los héroes del pasado,

escuchó sus silencios sin temor;

dio a las crónicas nuevo aliento,

dio memoria al antiguo resplandor.

Cada libro fue un árbol de raíces,

cada letra una lámpara encendida,

para que nunca el viento del olvido

oscureciera el rostro de la vida.

 

También supo del noble periodismo,

de la honrada y valiente reflexión;

cuando escribía, la verdad llevaba

la transparencia de un limpio corazón.

Y si el pueblo pedía una palabra,

él respondía con serenidad;

porque nunca hizo ruido la grandeza

cuando nace de la sinceridad.

 

Las medallas llegaron una tarde

como llegan las flores al rosal:

Brasil, Francia, el Perú y Argentina

le ofrecieron su estima universal.

Mas ninguna brilló tanto en su pecho

como el beso sencillo de su hogar,

ni el cariño que guarda para siempre

la ciudad que lo vio caminar.

 

Silvia fue la compañera elegida

para andar el sendero del amor;

tres estrellas crecieron en su cielo,

iluminando aún más su corazón.

Y en el valle aprendió que las victorias

no se cuentan tan sólo por el laurel:

vale más una familia compartida

que un palacio de oro y de poder.

 

Cuando el tiempo cerró suavemente

el gran libro de su peregrinar,

septiembre abrió las puertas del silencio

sin lograr su memoria apagar.

Porque hay hombres que dejan en la tierra

una música difícil de olvidar:

la del sabio que sirve con humildad,

la del justo que enseña sin cesar.

 

Y hoy, cuando el alba besa las colinas,

cuando el río conversa con el sol,

parece que sus libros aún despiertan

con el perfume antiguo del honor.

Tarija levanta entonces la mirada,

como quien vuelve a ver un claro abril,

y comprende que algunos hombres viven

más allá del otoño y del perfil.

 

No preguntes dónde mora ahora;

búscalo donde florece el saber,

en la página abierta de la historia,

en el aula que invita a comprender,

en la patria servida con decoro,

en la paz defendida con valor,

y en el valle donde un hombre hizo eterno

el sencillo milagro del honor.

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