A Eduardo Trigo O’Connor d’Arlach
La Estrella de Tarija
Tarija tenía un lucero
que nació cuando octubre sonrió;
entre naranjos, iglesias y cerros
la mañana su nombre pronunció.
Era un niño de mirada serena,
con un libro temblando en la ilusión,
y en sus manos dormía, como un ave,
la promesa infinita del saber.
La ciudad le entregó sus jardines,
sus campanas de plata y de azahar;
él soñaba con leyes y caminos
que unieran a los pueblos en la paz.
Y una tarde cruzó los océanos,
persiguiendo la luz del conocer;
Londres abrió sus antiguos palacios,
La Haya le mostró un nuevo amanecer.
Cuando volvió traía entre los ojos
la distancia convertida en verdad;
no buscaba coronas ni tesoros,
sino servir con noble dignidad.
Fue llevando el nombre de Bolivia
como un lirio de firme resplandor;
cada patria le ofrecía un saludo,
y él respondía sembrando honor.
En salones de mármol y banderas,
entre voces de idiomas y cristal,
defendía con sabia cortesía
el destino de su suelo natal.
Mas su corazón, siempre viajero,
regresaba al valle en su canción;
porque hay tierras que viven para siempre
en el íntimo centro del corazón.
Y después, bajo el techo de las aulas,
con la calma del viejo profesor,
fue encendiendo pequeñas luminarias
en el alma sedienta del lector.
Cada clase era un puente hacia el futuro;
cada duda, una puerta hacia la luz;
enseñaba que el Derecho florece
cuando marcha de la mano de la virtud.
Pero había otro reino que lo llamaba:
el del tiempo escondido en el papel,
donde duerme la historia de los pueblos
esperando la voz de un hombre fiel.
Él buscó los recuerdos olvidados,
los vistió con paciencia y claridad,
y Tarija encontró en aquellas páginas
el espejo más limpio de su edad.
Conversó con los héroes del pasado,
escuchó sus silencios sin temor;
dio a las crónicas nuevo aliento,
dio memoria al antiguo resplandor.
Cada libro fue un árbol de raíces,
cada letra una lámpara encendida,
para que nunca el viento del olvido
oscureciera el rostro de la vida.
También supo del noble periodismo,
de la honrada y valiente reflexión;
cuando escribía, la verdad llevaba
la transparencia de un limpio corazón.
Y si el pueblo pedía una palabra,
él respondía con serenidad;
porque nunca hizo ruido la grandeza
cuando nace de la sinceridad.
Las medallas llegaron una tarde
como llegan las flores al rosal:
Brasil, Francia, el Perú y Argentina
le ofrecieron su estima universal.
Mas ninguna brilló tanto en su pecho
como el beso sencillo de su hogar,
ni el cariño que guarda para siempre
la ciudad que lo vio caminar.
Silvia fue la compañera elegida
para andar el sendero del amor;
tres estrellas crecieron en su cielo,
iluminando aún más su corazón.
Y en el valle aprendió que las victorias
no se cuentan tan sólo por el laurel:
vale más una familia compartida
que un palacio de oro y de poder.
Cuando el tiempo cerró suavemente
el gran libro de su peregrinar,
septiembre abrió las puertas del silencio
sin lograr su memoria apagar.
Porque hay hombres que dejan en la tierra
una música difícil de olvidar:
la del sabio que sirve con humildad,
la del justo que enseña sin cesar.
Y hoy, cuando el alba besa las colinas,
cuando el río conversa con el sol,
parece que sus libros aún despiertan
con el perfume antiguo del honor.
Tarija levanta entonces la mirada,
como quien vuelve a ver un claro abril,
y comprende que algunos hombres viven
más allá del otoño y del perfil.
No preguntes dónde mora ahora;
búscalo donde florece el saber,
en la página abierta de la historia,
en el aula que invita a comprender,
en la patria servida con decoro,
en la paz defendida con valor,
y en el valle donde un hombre hizo eterno
el sencillo milagro del honor.


