Coronavirus: Punto y aparte
Arranca una semana que será clave en el desarrollo de la enfermedad del coronavirus en Bolivia, y lo hacemos sin siquiera tener la certeza de que la cuarentena se alargará más allá del 15 de abril. El Gobierno improvisado se ha convertido en el Gobierno de la improvisación y del globo sonda,...
Arranca una semana que será clave en el desarrollo de la enfermedad del coronavirus en Bolivia, y lo hacemos sin siquiera tener la certeza de que la cuarentena se alargará más allá del 15 de abril. El Gobierno improvisado se ha convertido en el Gobierno de la improvisación y del globo sonda, más preocupado por sus niveles de aprobación que por enfrentar con dignidad el desafío sanitario.
Los expertos calculan que esta semana se multiplicarán las cifras de contagios y fallecidos, que según algunos informes podrían llegar a los 48.000. Al frente no hay mucho más que la oración y el cruzar los dedos de la superstición.
El Gobierno de Jeanine Áñez, tal vez más preocupado en otros menesteres, no vio llegar la crisis y no se preparó. Es difícil desligar los errores médicos de los políticos, o no contemplar esa variable en la toma de decisiones que llevaron a cabo los responsables de las diferentes áreas.
Bolivia contaba con 2.500 pruebas de diagnóstico del coronavirus al inicio de la crisis según reconoció el Ministro Aníbal Cruz en dos ocasiones, y a la fecha no se conoce de otra dotación que no sean las regaladas por la empresa china Alíbaba y de las que nadie sabe nada en Tarija. Cuando empezó la crisis en Bolivia, el virus ya estaba bastante bien categorizado: era extremadamente contagioso y muchos portadores eran asintomáticos. Era evidente que la cifra de test diagnósticos era absolutamente ridícula, pero todos tardaron en tomar otras decisiones.
Los errores médicos se unen a los políticos, económicos y sociales de un Gobierno desconectado de su pueblo y convencido de que solo la bota militar le puede dar éxitos
La falta de pruebas ha llevado a adoptar un protocolo absolutamente suicida y contrario a todo lo que postula no solo la OMS, sino los países que sí han salido más o menos airosos de la crisis: aislar sin diagnosticar y solo someter a pruebas a quienes muestran síntomas muy evidentes. Los números hablan por sí solos.
El Gobierno, lejos de asumir el error y buscar soluciones, ha optado por la línea optimista y defensiva, hasta el punto de culpar a las propias Gobernaciones – cuya capacidad de compra es insignificante – de no hacer lo suficiente. El propio Ministro de Salud fue relevado del cargo – en realidad renunció – el día después de anunciar que la cifra de pruebas diarias se elevaría a 1.300. Hasta hoy sigue siendo baja.
En la práctica política gubernamental también se intuye una voluntad expresa de proteger a las clínicas privadas y seguros y de favorecer a los laboratorios privados mientras se retardan los públicos. La última carta del optimismo ha sido apostar por un método de tratamiento – aun no validado ni consensuado pertinentemente a nivel mundial – que en cualquier caso yerra el objetivo, pues debe ser evitar el contagio más que pretender que estamos preparados para el tratamiento.
Los errores médicos se unen a los políticos, económicos y sociales de un Gobierno desconectado de su pueblo y convencido de que solo la bota militar le puede dar éxitos. Los bonos, en un país con miles de familias desestructuradas y con un 70% de informalidad según el FMI, son a todas luces insuficientes, mientras que la aplicación “selectiva” de la cuarentena, invirtiendo la carga de la responsabilidad, ha generado muchos anticuerpos.
El colofón lo ha puesto la gestión de las repatriaciones, primero negando la función básica del Estado para con sus ciudadanos, y después diferenciando entre ciudadanos de primera y de segunda. Que un Estado no pueda hacerse cargo de sus ciudadanos en apuros es vergüenza a nivel nacional.
Es verdad que el Gobierno Áñez no se formó para esto, sino para una tarea mucho más banal como ganar elecciones, y llenó de políticos – diputados, senadores, analistas, etc., - todo el gabinete. También es verdad que en medio de la crisis, el Ministro de Salud, tal vez el más técnico de todos, ha sido relevado. Y también es verdad que en la historia de Bolivia hay momentos de relevos en plenas crisis que no han resultado tan mal. Áñez debe reflexionar.
Los expertos calculan que esta semana se multiplicarán las cifras de contagios y fallecidos, que según algunos informes podrían llegar a los 48.000. Al frente no hay mucho más que la oración y el cruzar los dedos de la superstición.
El Gobierno de Jeanine Áñez, tal vez más preocupado en otros menesteres, no vio llegar la crisis y no se preparó. Es difícil desligar los errores médicos de los políticos, o no contemplar esa variable en la toma de decisiones que llevaron a cabo los responsables de las diferentes áreas.
Bolivia contaba con 2.500 pruebas de diagnóstico del coronavirus al inicio de la crisis según reconoció el Ministro Aníbal Cruz en dos ocasiones, y a la fecha no se conoce de otra dotación que no sean las regaladas por la empresa china Alíbaba y de las que nadie sabe nada en Tarija. Cuando empezó la crisis en Bolivia, el virus ya estaba bastante bien categorizado: era extremadamente contagioso y muchos portadores eran asintomáticos. Era evidente que la cifra de test diagnósticos era absolutamente ridícula, pero todos tardaron en tomar otras decisiones.
Los errores médicos se unen a los políticos, económicos y sociales de un Gobierno desconectado de su pueblo y convencido de que solo la bota militar le puede dar éxitos
La falta de pruebas ha llevado a adoptar un protocolo absolutamente suicida y contrario a todo lo que postula no solo la OMS, sino los países que sí han salido más o menos airosos de la crisis: aislar sin diagnosticar y solo someter a pruebas a quienes muestran síntomas muy evidentes. Los números hablan por sí solos.
El Gobierno, lejos de asumir el error y buscar soluciones, ha optado por la línea optimista y defensiva, hasta el punto de culpar a las propias Gobernaciones – cuya capacidad de compra es insignificante – de no hacer lo suficiente. El propio Ministro de Salud fue relevado del cargo – en realidad renunció – el día después de anunciar que la cifra de pruebas diarias se elevaría a 1.300. Hasta hoy sigue siendo baja.
En la práctica política gubernamental también se intuye una voluntad expresa de proteger a las clínicas privadas y seguros y de favorecer a los laboratorios privados mientras se retardan los públicos. La última carta del optimismo ha sido apostar por un método de tratamiento – aun no validado ni consensuado pertinentemente a nivel mundial – que en cualquier caso yerra el objetivo, pues debe ser evitar el contagio más que pretender que estamos preparados para el tratamiento.
Los errores médicos se unen a los políticos, económicos y sociales de un Gobierno desconectado de su pueblo y convencido de que solo la bota militar le puede dar éxitos. Los bonos, en un país con miles de familias desestructuradas y con un 70% de informalidad según el FMI, son a todas luces insuficientes, mientras que la aplicación “selectiva” de la cuarentena, invirtiendo la carga de la responsabilidad, ha generado muchos anticuerpos.
El colofón lo ha puesto la gestión de las repatriaciones, primero negando la función básica del Estado para con sus ciudadanos, y después diferenciando entre ciudadanos de primera y de segunda. Que un Estado no pueda hacerse cargo de sus ciudadanos en apuros es vergüenza a nivel nacional.
Es verdad que el Gobierno Áñez no se formó para esto, sino para una tarea mucho más banal como ganar elecciones, y llenó de políticos – diputados, senadores, analistas, etc., - todo el gabinete. También es verdad que en medio de la crisis, el Ministro de Salud, tal vez el más técnico de todos, ha sido relevado. Y también es verdad que en la historia de Bolivia hay momentos de relevos en plenas crisis que no han resultado tan mal. Áñez debe reflexionar.


