Coronavirus, fronteras y la igualdad de todos los bolivianos
Para algunos puede ser un simple error de retórica, pero a otros les parece un grave asunto de discriminación y de clasismo, lo cierto es que el asunto de los repatriados a Bolivia por el coronavirus está traspasando las líneas de la cordura, y cada explicación es peor. Por alguna...
Para algunos puede ser un simple error de retórica, pero a otros les parece un grave asunto de discriminación y de clasismo, lo cierto es que el asunto de los repatriados a Bolivia por el coronavirus está traspasando las líneas de la cordura, y cada explicación es peor.
Por alguna extraña razón, el Gobierno de Jeanine Áñez ha optado desde el primer día por adoptar una posición extrema en cada una de las decisiones que le toca tomar; rodearla siempre de vocabulario belicoso, adjetivos rimbombantes y escenas de movilización: “Hasta las últimas consecuencias”, “no me temblará la mano”, “firmeza y determinación”, etcétera.
El ministro de Defensa, Luis Fernando López, escenificó con especial crudeza el papel de guardián de las fronteras, carajeando a oficiales por todo el país, hasta que el problema llamó a las puertas: docenas de bolivianos migrantes necesitaban volver a sus ciudades tras perder el empleo o recortarse la temporada de cosecha en los vecinos países.
Las medidas adoptadas contra el coronavirus eran necesariamente duras, y pese a que nunca se acompañaron de las suficientes medidas económicas, correspondía activar la cuarentena preventiva y suspensión de actividades y velar porque su cumplimiento fuera exitoso por el interés general, ante la evidente precariedad del sistema de salud y la escasa planificación. Para no variar, la puesta en marcha se acompañó de un despliegue de las fuerzas del orden con el objetivo concreto de “concienciar” a la población de que tenía que cumplir.
Entre las medidas anunciadas y después ejecutadas están el cierre de fronteras y la prohibición de viajes interprovinciales, que es cierto que se anunciaron con tres días de anticipación – del 17 al 20 de marzo -, pero que en este país en el que nadie cree demasiado, dejó atrapados a varios connacionales tanto en otras ciudades que no son las suyas como, lo más grave, al otro lado de la frontera.
Esto pasó en todos los países del mundo que optaron por medidas nacionalistas similares y que en diferentes foros se han cuestionado como respuesta a una pandemia mundial y que está generando otros problemas, especialmente para los países pobres, como la imposibilidad de acceder al mercado de insumos médicos y sobre todo, al de las pruebas moleculares para detectar el virus.
El ministro de Defensa, Luis Fernando López, escenificó con especial crudeza el papel de guardián de las fronteras, carajeando a oficiales por todo el país, hasta que el problema llamó a las puertas: docenas de bolivianos migrantes necesitaban volver a sus ciudades tras perder el empleo o recortarse la temporada de cosecha en los vecinos países.
La primera respuesta fue intolerable desde cualquier punto de vista, pues pretendía dejar varados en la frontera – además en la chilena particularmente – a centenares de compatriotas que trataban de volver a sus casas incluso a pie. El cambio de opinión concedía la entrada, aunque instaba a esperar seis; finalmente se aceleró, pero ahí siguen docenas de connacionales en carpas y en condiciones precarias a muchos metros de altura. Ahí seguirán en una cuarentena que parece tortuosa.
Mientras tanto, las mismas autoridades han concedido un “vuelo solidario” desde Chile, en el que además cada cual ha vuelto directamente a sus casas. El argumento: que ellos se lo pagan y que han estado en cuarentena.
No se trata de perjudicar a unos sobre otros, sino de que el Estado garantice la igualdad de todos sus ciudadanos, algo que no ha pasado en esta crisis, una crisis que sin duda necesita de más humanidad, más ciencia y menos exabruptos.
Por alguna extraña razón, el Gobierno de Jeanine Áñez ha optado desde el primer día por adoptar una posición extrema en cada una de las decisiones que le toca tomar; rodearla siempre de vocabulario belicoso, adjetivos rimbombantes y escenas de movilización: “Hasta las últimas consecuencias”, “no me temblará la mano”, “firmeza y determinación”, etcétera.
El ministro de Defensa, Luis Fernando López, escenificó con especial crudeza el papel de guardián de las fronteras, carajeando a oficiales por todo el país, hasta que el problema llamó a las puertas: docenas de bolivianos migrantes necesitaban volver a sus ciudades tras perder el empleo o recortarse la temporada de cosecha en los vecinos países.
Las medidas adoptadas contra el coronavirus eran necesariamente duras, y pese a que nunca se acompañaron de las suficientes medidas económicas, correspondía activar la cuarentena preventiva y suspensión de actividades y velar porque su cumplimiento fuera exitoso por el interés general, ante la evidente precariedad del sistema de salud y la escasa planificación. Para no variar, la puesta en marcha se acompañó de un despliegue de las fuerzas del orden con el objetivo concreto de “concienciar” a la población de que tenía que cumplir.
Entre las medidas anunciadas y después ejecutadas están el cierre de fronteras y la prohibición de viajes interprovinciales, que es cierto que se anunciaron con tres días de anticipación – del 17 al 20 de marzo -, pero que en este país en el que nadie cree demasiado, dejó atrapados a varios connacionales tanto en otras ciudades que no son las suyas como, lo más grave, al otro lado de la frontera.
Esto pasó en todos los países del mundo que optaron por medidas nacionalistas similares y que en diferentes foros se han cuestionado como respuesta a una pandemia mundial y que está generando otros problemas, especialmente para los países pobres, como la imposibilidad de acceder al mercado de insumos médicos y sobre todo, al de las pruebas moleculares para detectar el virus.
El ministro de Defensa, Luis Fernando López, escenificó con especial crudeza el papel de guardián de las fronteras, carajeando a oficiales por todo el país, hasta que el problema llamó a las puertas: docenas de bolivianos migrantes necesitaban volver a sus ciudades tras perder el empleo o recortarse la temporada de cosecha en los vecinos países.
La primera respuesta fue intolerable desde cualquier punto de vista, pues pretendía dejar varados en la frontera – además en la chilena particularmente – a centenares de compatriotas que trataban de volver a sus casas incluso a pie. El cambio de opinión concedía la entrada, aunque instaba a esperar seis; finalmente se aceleró, pero ahí siguen docenas de connacionales en carpas y en condiciones precarias a muchos metros de altura. Ahí seguirán en una cuarentena que parece tortuosa.
Mientras tanto, las mismas autoridades han concedido un “vuelo solidario” desde Chile, en el que además cada cual ha vuelto directamente a sus casas. El argumento: que ellos se lo pagan y que han estado en cuarentena.
No se trata de perjudicar a unos sobre otros, sino de que el Estado garantice la igualdad de todos sus ciudadanos, algo que no ha pasado en esta crisis, una crisis que sin duda necesita de más humanidad, más ciencia y menos exabruptos.


