El drama diario del coronavirus en la economía boliviana
La cuarentena obligatoria ha llegado, y aunque todavía sea desde las 17.00 horas hasta las 5.00 de la mañana, numerosos trabajadores de casi todos los sectores se empiezan a ver afectados. El riesgo de la pobreza es tanto o más grande que el de la enfermedad en un país como el nuestro. El...
La cuarentena obligatoria ha llegado, y aunque todavía sea desde las 17.00 horas hasta las 5.00 de la mañana, numerosos trabajadores de casi todos los sectores se empiezan a ver afectados. El riesgo de la pobreza es tanto o más grande que el de la enfermedad en un país como el nuestro.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) considera que Bolivia tiene el sistema de economía informal más grande del mundo, con un 80 por ciento de la población dedicándose a actividades económicas no formalizadas, y apenas un 20 por ciento regularizada, esto es, con seguro médico y cotizando a las AFP de forma regular.
La epidemia no ha hecho más que comenzar, las medidas de salud adoptadas han sido contundentes en relación a los casos detectados, pues hasta el momento apenas se han confirmado una docena de positivos, pero al igual que en el resto de los países, se espera un crecimiento exponencial a partir de la tercera o cuarta semana de la detección del virus dentro de las fronteras. Así ha sido en todos los países, aunque es cierto que en Bolivia se han tomado medidas drásticas mucho antes.
La medida – a la cuarta – ya es clara: confinamiento de 17.00 a 5.00 de la mañana en todo el país. Medida que la Policía y el Ejército tendrá que hacer cumplir en todas las ciudades, en todos sus barrios, pues no somos un país precisamente muy disciplinados en eso de respetar las disposiciones, ni en hacerlas cumplir.
Los más acostumbrados a vivir de rentas, o del Estado, consideran insuficiente la medida y plantean un enclaustramiento total de toda la población desde ya, pese a que la eclosión de la enfermedad todavía no se ha dado.
Existe además una reducción formal de la jornada, de 8.00 a 13.00, en los sectores formales tanto público como privado, cuyo objetivo es reducir la interacción social y por ende, el riesgo de contagios. Los más acostumbrados a vivir de rentas, o del Estado, consideran insuficiente la medida y plantean un enclaustramiento total de toda la población desde ya, pese a que la eclosión de la enfermedad todavía no se ha dado.
Lo cierto es que el varapalo económico para el país por el parón de la producción y del circulante, unido al derrumbe de los precios del petróleo, igualmente asociado – aunque cada vez menos – a la crisis del coronavirus va a tener efectos determinantes sobre la población más pobre de este país desestructurado.
Son necesarias medidas de estímulo que vayan más allá de un bono para una pequeña porción de la población o una serie de aplazamientos en los pagos, pues queda demasiada incertidumbre para aquellos que “ganan del día” y que no aparecen reflejados en ningún lugar, por aquello precisamente de que ganan de lo que desborda.
Quedan igualmente en el limbo los trabajadores menos cualificados, aquellos dependientes de negocios que han tenido que cerrar – desde profesoras de guarderías a meseros pasando por almaceneros o ayudantes de flotas – que muy pocas veces regularizan sus situaciones laborales aunque se desempeñen a la vista de todos y que ahora acaban de perder su puesto de trabajo por el parón de la actividad y el ajuste necesario propiciado por las medidas tomadas por el Gobierno.
Son necesarias más medidas de estímulo y paliativas, pero es también necesario repensar el modelo productivo y las relaciones laborales por las que ya ni la COB vela. La crisis va a ser dura, pero puede ser también un momento para reordenar la casa, que tanta falta hace.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) considera que Bolivia tiene el sistema de economía informal más grande del mundo, con un 80 por ciento de la población dedicándose a actividades económicas no formalizadas, y apenas un 20 por ciento regularizada, esto es, con seguro médico y cotizando a las AFP de forma regular.
La epidemia no ha hecho más que comenzar, las medidas de salud adoptadas han sido contundentes en relación a los casos detectados, pues hasta el momento apenas se han confirmado una docena de positivos, pero al igual que en el resto de los países, se espera un crecimiento exponencial a partir de la tercera o cuarta semana de la detección del virus dentro de las fronteras. Así ha sido en todos los países, aunque es cierto que en Bolivia se han tomado medidas drásticas mucho antes.
La medida – a la cuarta – ya es clara: confinamiento de 17.00 a 5.00 de la mañana en todo el país. Medida que la Policía y el Ejército tendrá que hacer cumplir en todas las ciudades, en todos sus barrios, pues no somos un país precisamente muy disciplinados en eso de respetar las disposiciones, ni en hacerlas cumplir.
Los más acostumbrados a vivir de rentas, o del Estado, consideran insuficiente la medida y plantean un enclaustramiento total de toda la población desde ya, pese a que la eclosión de la enfermedad todavía no se ha dado.
Existe además una reducción formal de la jornada, de 8.00 a 13.00, en los sectores formales tanto público como privado, cuyo objetivo es reducir la interacción social y por ende, el riesgo de contagios. Los más acostumbrados a vivir de rentas, o del Estado, consideran insuficiente la medida y plantean un enclaustramiento total de toda la población desde ya, pese a que la eclosión de la enfermedad todavía no se ha dado.
Lo cierto es que el varapalo económico para el país por el parón de la producción y del circulante, unido al derrumbe de los precios del petróleo, igualmente asociado – aunque cada vez menos – a la crisis del coronavirus va a tener efectos determinantes sobre la población más pobre de este país desestructurado.
Son necesarias medidas de estímulo que vayan más allá de un bono para una pequeña porción de la población o una serie de aplazamientos en los pagos, pues queda demasiada incertidumbre para aquellos que “ganan del día” y que no aparecen reflejados en ningún lugar, por aquello precisamente de que ganan de lo que desborda.
Quedan igualmente en el limbo los trabajadores menos cualificados, aquellos dependientes de negocios que han tenido que cerrar – desde profesoras de guarderías a meseros pasando por almaceneros o ayudantes de flotas – que muy pocas veces regularizan sus situaciones laborales aunque se desempeñen a la vista de todos y que ahora acaban de perder su puesto de trabajo por el parón de la actividad y el ajuste necesario propiciado por las medidas tomadas por el Gobierno.
Son necesarias más medidas de estímulo y paliativas, pero es también necesario repensar el modelo productivo y las relaciones laborales por las que ya ni la COB vela. La crisis va a ser dura, pero puede ser también un momento para reordenar la casa, que tanta falta hace.


