Un plan de estímulo contra el coronavirus
La Presidenta Jeanine Áñez ha elevado el nivel de rigor en las medidas de seguridad contra el coronavirus, aunque todavía no se haya manifestado en el decreto pertinente. La última alocución grabada y emitida anoche instruye la jornada continua tanto en el sector público como en el privado...
La Presidenta Jeanine Áñez ha elevado el nivel de rigor en las medidas de seguridad contra el coronavirus, aunque todavía no se haya manifestado en el decreto pertinente. La última alocución grabada y emitida anoche instruye la jornada continua tanto en el sector público como en el privado hasta las 14.00 y prohíbe las reuniones de más de cien personas - aunque hay declaraciones departamentales que son más estrictas – además de otras restricciones en viajes y recomendaciones de salud.
Áñez pidió a los ciudadanos ser prudentes y quedarse en casa, negando así los primeros borradores de decreto que circularon por las redes y que hablaban de un enclaustramiento a partir de las 15.00 para todos los ciudadanos, y que rápidamente habían activado la histeria del desabastecimiento.
Las medidas tomadas por el Gobierno hasta el momento son tal vez extremas, pero oportunas ante un sistema de salud débil y un país extremadamente imprudente en lo que a medidas de higiene se refiere, del “te invito” al compartir el pucho, pasando por los cubículos de llajua y la efusividad de los saludos.
Sin embargo, la necesidad de anunciar todos los días algo nuevo al mismo tiempo que los datos muestran relativa contención evidencia que la crisis está pilotada más desde el ámbito político que desde el sanitario.
Eso no es necesariamente malo, siempre que el núcleo de la toma de decisiones sea capaz de levantar la vista más allá de Palacio de Gobierno y sus encuestas de aprobación de gestión y pueda dinamizar un país que no puede permitirse más frivolidades en ese terreno.
El núcleo de la toma de decisiones debe ser capaz de levantar la vista más allá de Palacio de Gobierno y sus encuestas de aprobación de gestión y dinamizar un país que no puede permitirse más frivolidades en su economía
La crisis del coronavirus pasará, pero lo cierto es que la economía está tocada de muerte. En un sistema precario que ha vivido demasiado tiempo con respiración artificial, un parón de la demanda interna como el que se percibe, y una recesión como la que ya advierte el FMI en los países del entorno se percibe como una catástrofe de grandes dimensiones.
Lo de menos hoy por hoy es el cálculo político. Lo fundamental es concentrar los esfuerzos en un plan económico que permita a los bolivianos superar un estado de incertidumbre y de catastrofismo de consecuencias incalculables.
Bolivia perdió el último trimestre del año el tren del crecimiento, pero 2020 amenaza con catástrofe en todos los sentidos. Ni siquiera el Carnaval se acercó a los números de años anteriores. El coronavirus está a punto de arruinar cualquier circulante local, y la caída del petróleo, en mínimos desde finales de siglo, peor incluso que en 2015, puede acabar entrampando el financiamiento público en la trampa de la deuda externa.
Todo suena a conocido, la cuestión es quién es capaz de conducir una situación tan compleja como la actual. Bolivia necesita urgentemente un plan de estímulo económico razonable, consensuado y responsable con el país. No importa que las encuestas ya empiecen a desahuciar a unos y encumbrar a otros. Lo importante es que la economía nacional no se pare.
Áñez pidió a los ciudadanos ser prudentes y quedarse en casa, negando así los primeros borradores de decreto que circularon por las redes y que hablaban de un enclaustramiento a partir de las 15.00 para todos los ciudadanos, y que rápidamente habían activado la histeria del desabastecimiento.
Las medidas tomadas por el Gobierno hasta el momento son tal vez extremas, pero oportunas ante un sistema de salud débil y un país extremadamente imprudente en lo que a medidas de higiene se refiere, del “te invito” al compartir el pucho, pasando por los cubículos de llajua y la efusividad de los saludos.
Sin embargo, la necesidad de anunciar todos los días algo nuevo al mismo tiempo que los datos muestran relativa contención evidencia que la crisis está pilotada más desde el ámbito político que desde el sanitario.
Eso no es necesariamente malo, siempre que el núcleo de la toma de decisiones sea capaz de levantar la vista más allá de Palacio de Gobierno y sus encuestas de aprobación de gestión y pueda dinamizar un país que no puede permitirse más frivolidades en ese terreno.
El núcleo de la toma de decisiones debe ser capaz de levantar la vista más allá de Palacio de Gobierno y sus encuestas de aprobación de gestión y dinamizar un país que no puede permitirse más frivolidades en su economía
La crisis del coronavirus pasará, pero lo cierto es que la economía está tocada de muerte. En un sistema precario que ha vivido demasiado tiempo con respiración artificial, un parón de la demanda interna como el que se percibe, y una recesión como la que ya advierte el FMI en los países del entorno se percibe como una catástrofe de grandes dimensiones.
Lo de menos hoy por hoy es el cálculo político. Lo fundamental es concentrar los esfuerzos en un plan económico que permita a los bolivianos superar un estado de incertidumbre y de catastrofismo de consecuencias incalculables.
Bolivia perdió el último trimestre del año el tren del crecimiento, pero 2020 amenaza con catástrofe en todos los sentidos. Ni siquiera el Carnaval se acercó a los números de años anteriores. El coronavirus está a punto de arruinar cualquier circulante local, y la caída del petróleo, en mínimos desde finales de siglo, peor incluso que en 2015, puede acabar entrampando el financiamiento público en la trampa de la deuda externa.
Todo suena a conocido, la cuestión es quién es capaz de conducir una situación tan compleja como la actual. Bolivia necesita urgentemente un plan de estímulo económico razonable, consensuado y responsable con el país. No importa que las encuestas ya empiecen a desahuciar a unos y encumbrar a otros. Lo importante es que la economía nacional no se pare.


