Proteger el patrimonio nacional

Las empresas del Estado seguirán siendo de todos los bolivianos hasta que algún Gobierno decida que no van más y las privatice. Resulta ser el ABC de la teoría liberal del manejo del Estado y la que sigue defendiendo el Fondo Monetario Internacional, guardián de la ortodoxia, como círculo...

Las empresas del Estado seguirán siendo de todos los bolivianos hasta que algún Gobierno decida que no van más y las privatice. Resulta ser el ABC de la teoría liberal del manejo del Estado y la que sigue defendiendo el Fondo Monetario Internacional, guardián de la ortodoxia, como círculo virtuoso para el crecimiento capitalista.

En la otra punta se acomodan aquellos que defienden un Estado capaz de ofrecer servicios básicos y no tan básicos a sus ciudadanos, y que desconfían de la libre competencia, y por lo tanto, requieren de la intervención del Estado para garantizar precios justos y acceso universal.

Otra cosa es que la política ya no discurra por los cauces habituales de derecha e izquierda sino que se concentre en el populismo puro y duro, y en las mil formas de colocar un mensaje a voluntad siempre que haya víctimas, verdugos y héroes.

El modelo implementado por el Movimiento Al Socialismo (MAS) en sus 14 años de gobierno está muy lejos de ser un modelo socialista y apenas se parece en algo al modelo de capitalismo de Estado chino, que tan “buenos” resultados le está dando al gigante asiático si se mide en términos de Producto Interno Bruto (PIB) y no de redistribución o justicia social.

Nunca importó demasiado en la Bolivia de Evo todo esto, ni la estabilidad laboral, ni la mejora de las competencias individuales, ni la productividad, ni la inclusión. La única bandera fue la de la redistribución del ingreso aun a base de precarizar el empleo, de por sí precario.
Sincerar la economía nacional va más allá de hacer una serie de escándalos como base para tomar decisiones que de otra forma serían inconcebibles por atentatorias a los intereses de todos los bolivianos
El propio Evo Morales amenazaba día sí y día también con cerrar empresas del Estado que no fueran rentables. Y mira que lo hizo no solo con Enatex, que probablemente se desempeñaba en un rubro en el que no corresponde que el Estado se haga presente, sino con la propia Ecobol, dejando el correo de un Estado soberano en manos de courrier privados.

En tiempos de populismo, la cuestión es poner al público votante en determinado estado de opinión que posteriormente justifique cualquier toma de decisión. El Gobierno de Evo Morales creó decenas de pequeñas empresas del Estado que o bien no se han sabido explicar, o bien son ciertamente inútiles, pero con todo, el actual Gobierno parece haberse cebado con dos: Entel y BoA.

En un país inmenso y aislado como el nuestro, ni las telecomunicaciones ni el transporte aéreo deberían ser consideradas negocio, sino más bien una necesidad básica. En un país en el que llegar desde Tarija hasta la capital cuesta unas 18 horas, dos terceras partes de ellas sin señal telefónica, no se puede argumentar que el problema es la falta de oportunidades y las restricciones a la libre competencia. Muy posiblemente, el vuelo nochero a Tarija, con salida a las 6.00 de la mañana, no sea el más rentable del país, pero qué bueno resultó que los tarijeños pudiéramos ir a hacernos oír en el país y volver a dormir con los nuestros.

Sincerar la economía nacional va más allá de hacer una serie de escándalos como base para tomar decisiones que de otra forma serían inconcebibles por atentatorias a los intereses de todos los bolivianos. De todos, no de unos cuantos.

El fracaso del libre mercado quedó en evidencia el día que Barak Obama salvó a la General Motors de la quiebra; desde entonces, los Gobiernos han impulsado ese eufemismo de la colaboración público – privada, que tantas veces se simplifica en la fagocitación del patrimonio nacional.

El debate sobre el futuro del país se debe concentrar en las campañas. Cada uno de los candidatos debe explicitar sus intenciones. Mientras tanto, solo queda estar alerta para proteger a Bolivia de las malas intenciones, por muy edulcoradas que estas se presenten.

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