Los traductores de Homero
Inopinadamente, la más ácida crítica de la “Odisea” de Christopher Nolan terminó siendo Emily Wilson, la autora de la traducción inglesa del clásico poema homérico que despertara en este director el deseo de filmarlo. Wilson fue la primera mujer en traducir la “Odisea” y muchos consideran su versión como la más directa y auténtica.
La crítica que publicó en la London Review of Books no es la pieza de una académica a la que le desagraden las industrias culturales y que por tanto considere que llevar una de las mayores obras de la literatura al cine necesariamente implica una degradación de unos valores artísticos y culturales “eternos”. Al contrario, luego de pulverizar la trama de Nolan, Wilson agradeció al director por haber vuelto a poner de moda los estudios clásicos. Y reconoció que, así como el filme se apoya en un armazón técnico de enorme poder expresivo, la “Odisea” de hace 2.800 años se sostuvo sobre otro artilugio también técnico, la escritura, con el cual Homero fijó para siempre el contar y recontar oral de esta historia por los aedos que lo habían antecedido los siglos previos.
Me parece que el artículo de Wilson es una simple crítica de cine. Parte de una muy adecuada caracterización del trabajo del director británico y de la película misma: “una combinación de grandiosidad y superficialidad”, dice y yo coincido.
Con mucho dinero, técnica (y no me refiero exclusivamente a la electrónica) y talento, Nolan ha realizado las que seguramente son las recreaciones más impresionantes para los sentidos de algunos de los pasajes arquetípicos de la aventura de Odiseo retornando a Ítaca, su tierra natal, tras la guerra de Troya.
El pasaje inicial y que causa la sucesión de problemas que el héroe enfrentará en su travesía, su encuentro con el cíclope Polifemo, pasa de ser una fábula para niños a convertirse en un hecho diría que “real”, si se me disculpa el adjetivo. La transformación de los marineros en chanchos es inquietante de un modo muy intenso y visual. La derrota frente a los gigantes, apabullante. La entrada del caballo a Troya, contada desde la perspectiva de quienes iban dentro de él, claustrofóbica e interesante. La batalla contra los pretendientes, entretenida, si bien algo inverosímil. En fin, la capacidad de traducir sucesos disparatados y fantásticos en imágenes convincentes e inmersivas es, como por otra parte ya sabíamos, muy elevada en Nolan. Lo ayuda, como siempre, un reparto de grandes actores encabezado por Matt Damon (Odiseo).
También hay secuencias fallidas, sin embargo (no extraña en una película de tres horas de duración): La caída de Troya se grafica con el incendio y el derrumbe de unos edificios que parecen de utilería de un teatro pretensioso; la representación de Agamenón como una suerte de Batman de la antigüedad es desafortunada; resulta muy reiterativo el recurso de mostrar a la tripulación de Odiseo saliendo por patitas de las playas en las que han atracado, etc.
En todo caso, en general puede decirse que la reconstrucción de Nolan de ciertas partes de la “Odisea” es, en efecto, grandiosa… así como superficial, ya que su interés está puesto sobre todo en lo grandioso, si se me permite el juego de palabras. Todo lo demás, lo que no lo es, resulta menos persuasivo y peor trabajado.
Aunque Nolan seculariza la “Odisea”, es decir, la despoja de dioses, mantiene la descripción de una relación ambigua entre Odiseo y Atenea (Zendaya), que es bastante flojita. Los diálogos entre Telémaco (Tom Holland) y Mentor (Ryan Hurst), y entre Telémaco y Penélope (Anne Hathaway) son funcionales, pero están a una distancia sideral del original. La relación de Odiseo con Calipso (Charlize Theron), además de despojada de sexo, lo que ha sido criticado, es plana en cualquier otro sentido: no hay ningún conflicto ni ninguna tensión entre ellos, pese a que son dos muy buenos actores.
En fin, ya se sabe que Nolan se las arregla para que quienes veamos sus películas nos sintamos inteligentes sin mucho esfuerzo y aquí vuelve a ocurrir: casi nos parece que hemos leído la “Odisea” solo por ver todas estas secuencias de acción.
Aunque para hacernos sentir inteligentes no bastaría con eso. Nolan además crea, como siempre, un marco ideológico muy simple dentro del que encaja sus piruetas narrativas, de modo que cuando descubrimos este marco… zas, se produce la pequeña iluminación que nos vuelve más listos de lo que éramos. En este caso, se trata de descubrir que, al invadir Troya con engaños, fueron los griegos (y en particular Odiseo, el inventor del caballo más celebre de todos) los que destruyeron los viejos valores y sumergieron al mundo en la oscuridad.
Este marco ideológico es el elemento más forzado y ñoño de la película y vuelve muy débil su final, es decir, el reencuentro y la charla entre Odiseo y Penélope (inventada desde cero por Nolan) y los acontecimientos circundantes.
Para mí, por esta razón, el verdadero momento emotivo de la película no es ese ni tampoco los encuentros de Odiseo con Telémaco y sus criados cuando retorna disfrazado de mendigo, sino el reconocimiento de Argos, el perro que lo esperó 20 años y que muere apenas lo ve. Pero, claro, ha habido lagrimas por Argos desde hace 2.800 años.
Supongo que es bueno que esta cosa siga, aunque tal sensación de continuidad a los bolivianos solo nos toque tangencialmente: la verdad es que nunca nos hemos apropiado de estas canciones tan antiguas y famosas, aunque hayamos contribuido con uno de los nuestros (Mario Frías) al cuerpo de eruditos, los traductores de Homero, al que también pertenece Emily Wilson.








