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Tres Tristes Críticos

La Odisea de Christopher Nolan

Merodeos
  • Mauricio Souza Crespo
  • 26/07/2026 01:14
La Odisea de Christopher Nolan
Una de las escenas de la película

1. Las encuestas críticas sobre el mejor cine del siglo XXI suelen abarrotarse con las películas de dos directores anglosajones: el norteamericano Paul Thomas Anderson y el inglés Christopher Nolan. Del segundo, se elogia su voluntad de hacer de la superproducción hollywoodense algo más inteligente que la caravana de superhéroes y fantasías infanto-juveniles que han monopolizado –o arruinado, según algunos– el cine comercial globalizado del último cuarto de siglo.

2. En otras palabras, Nolan es una suerte de Spielberg del siglo XXI: un sobresaliente artífice de películas visualmente abrumadoras –a costos que solo puede pagar la industria para la que trabaja: entre 200 y 300 millones por peli–, protagonizadas por celebridades de cine que cobran un ojo de la cara pero hacen bien su trabajo (Al Pacino, Christian Bale, Hugh Jackman, Leonardo diCaprio, Matthew McConaughey y, ahora, Matt Damon), según tramas que disimulan su sencillez enredándonos en una madeja de complicaciones, niveles y giros narrativos “sorpresivos”. El resultado es casi invariablemente óptimo: entretenimientos bien hechos, solo a ratos no menos elementales en sus ideas dramáticas (y “filosóficas”) que ese cine de superhéroes con el que compiten y del que son una variante más ambiciosa.  

3. (Apunte confesional: Un día antes de ver La Odisea, su película más cara a la fecha –375 millones, incluido el marketing–, me preparé tratando de  rescatar y reunir, ayudado por el entusiasmo, mis recuerdos específicos del cine de Nolan –luego de comprobar, al revisar una lista, que había visto cada una de sus 12 películas anteriores–. Intenté recuperar de algún rincón del olvido lo memorable: los arcos narrativos, las escenas, las epifanías visuales, las tensiones dramáticas o las ideas y maneras dejadas por su cine en mi educación cinematográfica. No tuve suerte, debo confesar. Al principio, contemplé la posibilidad de que mi cuasi amnesia en relación al cine de Nolan fuera síntoma de una senilidad temprana no diagnosticada. Alarmado, hice la prueba con la filmografía de otros directores contemporáneos que aprecio y sigo: Michael Haneke, Kelly Reichhardt, Alfonso Cuarón, Céline Sciamma, Asghar Farhadi, Béla Tarr, los hermanos Coen o el ya nombrado Paul Thomas Anderson. Y no: comprobé que la amnesia solo me afectaba con el cine de Nolan. No tenía mucho que recordar de sus películas).

4. La Odisea es otro gran espectáculo de Nolan. Puede ser que, luego de verla, al poco tiempo olvidemos sus virtudes, pero si alguna película suya tiene probabilidades de perdurar en la memoria, es esta. Como en todas menos una de sus películas, el guion es suyo, aunque en este caso felizmente es una variación de uno de los relatos orales que funda la cultura occidental. Es más: el mismo Nolan ha declarado que las películas que ha hecho hasta hoy no han sido sino variantes de La Odisea.

5. La Odisea de Homero no es solo una cosa: es la construcción del que tal vez sea el primer héroe complejo de la literatura  –un hombre que el poema describe en su primera línea con el adjetivo “polytropos”: “de muchos giros y caras”–; es un episódico relato de las desventuras de un largo regreso a casa (luego de los 10 años de la Guerra de Troya); es la historia de la puja entre un hombre, Odiseo, y los dioses; y el bildungsroman de Telémaco, un joven de 20 años que no conoce a su padre y que sale en busca de noticias suyas; o la tragicomedia de una mujer, Penélope, que aguarda pacientemente el regreso del héroe asediada por los aspirantes a reemplazarlo; y es la historia de Argos, el perro que ha esperado por 20 años a su amo.  

6. Nolan es un narrador que prefiere las narraciones no-lineales, o sea, no cronológicas y con frecuencia múltiples y paralelas. Viendo La Odisea, que él mismo considera su “obra cumbre”, se cae en cuenta de que su gusto por las complicaciones narrativas quizá derive de La Odisea misma, épica que tampoco es lineal y también avanza según una serie de relatos paralelos. A ello, Nolan añade giros narrativos adicionales: por ejemplo, flashbacks sobre la Guerra de Troya (ausentes en el libro). El resultado no es La Odisea de Homero, por supuesto, sino algo distinto: un relato que, aunque proliferante y múltiple, es de relativa claridad en sus hebras argumentales (algo que no se puede decir de otras películas de Nolan); una narración larga (172 minutos) que sin embargo se siente veloz y hasta apresurada; un repertorio antológico de media docena de espectáculos discretos, independientes: el cíclope pastor, los gigantes cicones, la bruja Circe, las sirenas, etc. Pero, más que nada, La Odisea hoy en cartelera es la interpretación de un clásico: Nolan lee el poema desde sus propias preocupaciones y con un ojo (o los dos) en asuntos contemporáneos.

7. Previsiblemente, parte de la discusión crítica en torno a La Odisea de Nolan se ha concentrado en identificar lo que en esta versión falta o sobra en relación al clásico de Homero. Se le reclama que sea menos violenta que el poema, que elimine o minimice la presencia de los dioses, que convierta a Odiseo en un héroe moderno (y medio gringo), que familiarice lo que –en un poema de hace 2.700 años– es extraño. Pero estos reparos derivan de un error: se le reclama a la película algo que no quiere ser, una “adaptación” del libro. A Dios gracias que no lo es, digo yo: las (pocas) adaptaciones directas de La Odisea son deficientes en el mejor de los casos y lamentables en la mayoría de ellos. En cambio, esta película “basada en la Odisea” –según anuncian los créditos– comparte la principal virtud de por lo menos dos docenas de variaciones cinematográficas del poema: es una selectiva y personal interpretación de aventuras y personajes ya convertidos en arquetipos. Eso son, para citar solo películas que son fáciles de ver y conseguir, ¿Donde estás, hermano? (2000) de Ethan y Joel Coen, 2001: Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick, Bob Esponja: La película (2004) de Stephen Hillenburg o Regreso a Cold Mountain (2003) de Anthony Minghella.

8. Hablemos pues, para ilustrar lo dicho, sobre “el hombre de muchos giros”, Odiseo. En la versión de Nolan, en efecto, el héroe deviene menos esquivo y más francamente gringo (efecto ayudado por el hecho de que, a diferencia de Juego de tronos o El señor de los anillos, Nolan decide hacer hablar a sus actores –incluso a los británicos– en los acentos del inglés gringo). Y convierte a Odiseo en un moderno criminal de guerra perseguido y torturado por las atrocidades cometidas en Troya; por la catastrófica pérdida, al regresar, de los hombres que comanda; por las consecuencias de lo que ha hecho (el caballo de Troya fue una idea suya, según recuerda machaconamente la peli). Esta Odisea es, en suma, la historia de un hombre afligido por alguna forma de trastorno de estrés postraumático, inevitable consecuencia de un viaje a los infiernos que está más cerca del viaje narrado por Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas (y su mejor versión cinematográfica moderna, el Apocalipsis ya de Coppola) que de la historia que cuenta Homero (o que cuentan esos “muchos hombres que la tradición ha convenido en llamar ‘Homero’”, decía Borges). El de Nolan es un Odiseo más parco que el de Homero (que es un mentiroso que no deja de hablar y que posiblemente invente sus aventuras, del que es el único sobreviviente y narrador), más conflictuado, más decente, más dañado por las miserias del mundo. Como en su anterior espectáculo, Oppenheimer (que Nolan dice haber basado, en parte, en La Odisea), esta es la historia de un hombre perseguido por los que, sospecha, son crímenes contra la hospitalidad y empatía que le debemos al prójimo.

9. Centro de no pocas polémicas en curso, La Odisea de Nolan ha sido objeto de una campaña de denigración liderada por Elon Musk en su red social X (la ex Twitter). Como en la primera mitad del siglo XX lo fue Henry Ford, otro fabricante de autos, Musk es un supremacista blanco de ideas y pasiones filonazis (por eso tiene más de una docena de hijos: para “perpetuar los buenos genes arios” y hacerle frente al prolífico asalto migratorio de las “razas inferiores”). Y como La Odisea de Homero es uno de los “pilares culturales” de esa civilización occidental que él cree amenazada por poblaciones oscuras, ha censurado el sacrilegio cometido por Nolan al elegir, junto a su elenco de anglosajones famosos haciendo de griegos (Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattinson, Charlize Theron), a unos cuantos actores no arios: Helena, ese “rostro que hizo zarpar mil barcos”, es interpretada por una actriz nigeriana (la deslumbrante Lupita Nyong'o); el “fiel porquero” Eumeo es el actor colombiano John Leguizamo; la que parece ser la diosa Atenas es la mulata Zendaya, etc. Y, para mayor consternación de Musk (hombre de unas cuantas habilidades rentables que nunca se ha caracterizado por ser el cuchillo más filo del cajón), hay en la peli hasta un actor trans (Elliot Page, que antes conocíamos como Ellen Page).   

10. (Apunte técnico: Nolan ha filmado sus 13 películas en celuloide. Como los devotos contemporáneos del vinilo, cree que, por su definición, textura, profundidad y “autenticidad”, los formatos analógicos son superiores al cine digital. La Odisea no solo fue filmada en celuloide, sino en imax, un gran formato muy costoso, difícil de operar y sencillamente sobrecogedor: solo he visto una película en imax y es de esas experiencias en las que se pierde la noción de tener un cuerpo, absorbidos y obnubilados por la imagen. De las decenas de miles de salas en el mundo –se calcula su número en 210.000–, solo 41 son imax y todas están en Estados Unidos, Canadá y cinco países de Europa. La imagen proyectada en este formato tiene una resolución de entre 12k y 18k –la proyección digital standard tiene 4k–. Nolan no solo filmó toda su Odisea en imax sino que dice que, idealmente, debería verse en imax. Es decir, en pantallas inmensas: las pantallas para este formato tienen entre 18 x 24 metros y 21 x 38 metros: tres a siete veces más grandes que las mayores pantallas de cine convencionales. Filmar en imax es además, decíamos, en extremo difícil, entre otras razones porque la película es tan grande que la cámara solo puede filmar un promedio de 150 segundos antes requerir ser recargada. De hecho, La Odisea es la más larga película, en la historia del cine, filmada en imax, un formato que parece nuevo pero que es antiguo –existe desde 1967– y que se ha usado hasta ahora casi exclusivamente para corto y mediometrajes. La Odisea es, en suma, un acontecimiento técnico: por eso ha desencadenado el peregrinaje de cinéfilos que toman buses, trenes, aviones y reservan hoteles lejos de casa para llegar a una de esas 41 que proyectan la película de Nolan en imax).

Epílogo apresurado: Spielberg del siglo XXI, Christopher Nolan es en efecto algo que ya creíamos desaparecido: un diligente fabricante de entretenimientos globales que acaso estén destinados a perdurar. Puede que su Odisea sea una prueba de ello.

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