Cartografía Mundialista
El amargo destello de la persistencia belga
El cruce de octavos ante Estados Unidos asoma en el horizonte inmediato. El partido se jugará el lunes 6 de julio, en el mismo estadio donde los belgas vencieron a los senegaleses. A la hora de la verdad veremos si los locales brindan con Budweiser o los visitantes levantan una Stella Artois
Detrás de las muchas historias que componen la cultura popular subyace una pregunta que los aficionados a la cerveza nunca han terminado de responder: ¿cuál es la mejor del mundo? Quizás no exista una respuesta única, dado que el paladar es terreno subjetivo.
Sin embargo, existe un consenso casi unánime entre expertos y catadores al señalar a Bélgica como el gran templo cervecero del planeta. Su tradición es tan rica, diversa y profunda que la Unesco la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Esa misma búsqueda obsesiva de la excelencia se ha trasladado históricamente al ámbito futbolístico, aunque allí los resultados hayan sido bastante más esquivos. Si bien la selección nacional nunca ha logrado coronarse en la cumbre, se ha ganado el derecho a ser considerada una animadora indispensable de la máxima cita del balompié.
Presente desde la edición inaugural de la Copa del Mundo, el conjunto europeo arrastra un historial de 14 ediciones y 51 partidos, con un balance de 21 victorias, 10 empates y 20 derrotas; un andar de protagonismo constante que hoy lo ubica en el décimo puesto de la tabla histórica.
Su más reciente presentación en el Mundial de Norteamérica 2026 confirma que sigue empujando el carruaje hacia la gloria, aunque el trayecto actual se parezca más a un calvario que a un desfile.
UN ABISMO Y CUATRO MINUTOS
El partido de dieciseisavos de final ante Senegal fue un ejercicio de supervivencia extrema. En el césped del Lumel Field (Seattle), Bélgica pareció consumida durante gran parte de los 90 minutos, asfixiada por el despliegue de los Leones de Teranga. Un error inusual de Thibaut Courtois a los 13 minutos anticipó las grietas de un equipo que terminó de resquebrajarse en el primer tiempo, gracias a un cabezazo de Ismaila Sarr al poste, que habilitó a Habib Diarra para concretar el 1 a 0.
El guion empeoró en el complemento. Un envío en largo desde el medio tomó mal parada a la zaga europea y Sarr, con un remate implacable, firmó el 2 a 0, que parecía definitivo.
Bélgica lucía vencida, desprovista de fútbol, hasta que emergió el peso de la jerarquía. Romelu Lukaku, que había ingresado tras el descanso, con mucho oficio a sus 33 años, acortó distancias en el minuto 85 con un cruce suave de derecha, pero certero en el corazón del área.
Tres minutos después, el desconcierto se mudó de bando. Un centro de Leandro Trossard provocó la mala salida del arquero Mory Diaw y Youri Tielemans, con el arco enfrente, logró el milagro del empate. En cuatro minutos, los Diablos Rojos forzaron el alargue.
La prórroga mantuvo la tónica del sufrimiento, con Senegal perdonando el tercero, hasta que el destino se definió en la última acción de la noche. Una barrida de Lamine Camara sobre Tielemans fue revisada minuciosamente en el VAR por el mexicano Guillermo Larios.
Tras la deliberación en las pantallas, se decretó un penal sumamente polémico que encendió las protestas africanas. Lukaku tomó la pelota y se paró frente al arco. Pero, sorpresivamente, Tielemans terminó por asumir la responsabilidad y, desde los 12 pasos, selló el pasaje a octavos de final envuelto en la incertidumbre.
DE LA ÉPICA A LA NOSTALGIA
La angustiosa clasificación invita, inevitablemente, a mirar hacia atrás, a esos pasajes donde el fútbol belga rozó la perfección que ostentan sus bodegas. Venimos de tiempos donde el paladar negro era la norma.
En México 1986, de la mano de Guy Thys, aquel equipazo de los Pfaff, Gerets, Scifo y Ceulemans sorteó una accidentada fase de grupos para regalar una epopeya ante la Unión Soviética (4 a 3) y eliminar a la España de Butragueño. Pero en semifinales se topó con el genio de Diego Armando Maradona, que les dejó de recuerdo uno de los mejores goles del Mundial. La aventura terminó con un honroso cuarto puesto.
Más reciente y brillante en la memoria es la campaña de Rusia 2018, la generación dorada en todo su esplendor. Ese equipo, comandado por Roberto Martínez, logró un puntaje ideal en su grupo y firmó en octavos una remontada idéntica a la lograda ayer ante Senegal. Aquella vez fue ante Japón (del 0 a 2 al 3 a 2), gracias a un contragolpe perfecto que quedó esculpido en los libros de historia. Tras mandar a su casa a Brasil en cuartos y tropezar ante Francia en semifinales, se colgaron la medalla de bronce en duelo contra Inglaterra.
La comparación entre aquella noche de Rostov y la tarde de Seattle resulta inevitable y un tanto dolorosa. Esta Bélgica se intuye sustancialmente menor. En 2018, Lukaku jamás hubiese dudado antes de un penal; Kevin De Bruyne era una máquina total que hoy avanza a medias (sigue arrastrando una vieja lesión y terminó sustituido en el segundo tiempo). Y en el extremo del recuerdo estaba Eden Hazard, aquel Messi europeo que se retiró en 2023 con apenas 32 años. Hoy es solo un eco de nostalgia.
Los Diablos Rojos actuales no enamoran ni convencen, pero conservan el viejo hábito de los finales de infarto. El cruce de octavos ante Estados Unidos asoma en el horizonte inmediato. El partido se jugará el lunes 6 de julio, en el mismo estadio donde los belgas vencieron el miércoles a los senegaleses. A la hora de la verdad veremos si los locales brindan con Budweiser o los visitantes levantan una Stella Artois.
Y es que quizás el actual fútbol belga ya no tenga la fineza de una Tripel de abadía ni la complejidad de una Lambic de fermentación espontánea; hoy Bélgica juega a otra cosa, un fútbol más denso y amargo, pero que mantiene intacto el viejo orgullo de los artesanos que se niegan a claudicar. ¡Salud, de cualquier forma!








