Cartografía Mundialista
El partido de los padres
Lo recuerdo perfectamente. Su cuerpo reaccionaba a cada golpe como si también lo estuviera recibiendo. Apretaba los puños. Cambiaba de postura. Contenía la respiración. Por momentos parecía querer saltar al tatami para detener aquello
Queridos y sufridos cartógrafos mundialeros:
Mientras medio planeta hablaba del hat-trick de Lionel Messi, hubo una imagen que me resultó mucho más difícil de olvidar.
Messi, ya en edad de despedirse de los mundiales, debutó como si hubiera encontrado la forma de burlar al calendario. Marcó tres goles, condujo a Argentina a una goleada contundente y recordó que algunos futbolistas envejecen, pero no se rinden. Durante noventa minutos pareció otra vez aquel muchacho que desafiaba defensas enteras en Barcelona.
Del otro lado estaba Luca Zidane. No era una noche sencilla para ningún arquero del planeta. Mucho menos para uno que jugaba lesionado, protegido por una máscara facial y enfrentando al jugador más determinante de las últimas dos décadas en una de esas noches en las que todo le sale bien.
Luca recibió tres goles. En dos de ellos, según coincidieron varios comentaristas, pudo haber hecho algo más. Pero la escena que me persigue no ocurrió dentro del rectángulo de cal, ni tuvo a Messi como protagonista. Ocurrió varios metros más arriba, en la tribuna, cuando las cámaras captaron el rostro de su padre.
Allí estaba Zinedine Zidane: campeón del mundo, Balón de Oro, uno de los futbolistas más elegantes que haya dado este deporte. El hombre que eliminó a Brasil casi en soledad en 2006, que resolvió partidos imposibles y que durante años pareció capaz de controlar todo lo que ocurría alrededor de una pelota.
Allí estaba. Quieto en la tribuna. Mirando. Sufriendo.
Y me llamó la atención porque durante años fue uno de esos futbolistas que parecían capaces de resolver cualquier problema. Si el partido se complicaba, aparecía Zidane. Si Francia necesitaba una genialidad, aparecía Zidane. Si había que asumir la responsabilidad en una final, aparecía Zidane.
Pero aquella noche no podía hacer nada.
No podía bajar al césped para corregir una mala salida. No podía ordenar la defensa. No podía cambiar el curso de los acontecimientos. No podía responder a los comentaristas ni detener los juicios que inevitablemente acompañan a cualquier error público.
No podía, sobre todo, recibir los goles por su hijo.
Y fue entonces cuando dejé de mirar el partido y empecé a pensar en los padres.
Hace algunos años asistí al examen de grado del hijo de un amigo en una disciplina de artes marciales. Le tocó enfrentar a un rival mucho más fuerte y experimentado. Durante varios minutos recibió golpes que parecían interminables. Yo observaba el combate desde afuera.
El muchacho resistía con una valentía admirable. Caía, se levantaba y seguía peleando. Pero quien realmente estaba sufriendo era el padre.
Lo recuerdo perfectamente. Su cuerpo reaccionaba a cada golpe como si también lo estuviera recibiendo. Apretaba los puños. Cambiaba de postura. Contenía la respiración. Por momentos parecía querer saltar al tatami para detener aquello.
Claro que no podía.
El hijo estaba concentrado en resistir.
El padre estaba condenado a mirar.
Existe una edad en la que los hijos dejan de necesitar nuestra protección y comienzan a requerir algo mucho más difícil de ofrecer: nuestra confianza.
Cuando son pequeños, podemos intervenir. Les tomamos la mano para cruzar una calle. Les ponemos una curita cuando se caen de la bicicleta. Les resolvemos un problema en la escuela. Les atamos los cordones cuando todavía no saben hacerlo por sí solos. Durante años vivimos convencidos de que nuestra tarea consiste en protegerlos.
Pero un día descubrimos que el trabajo cambió.
Llega el examen para el que ya no podemos estudiar por ellos. La entrevista laboral que deben afrontar solos. El emprendimiento que puede fracasar. El amor que no supimos desaconsejar. El error que necesitan cometer para aprender. El golpe que nadie puede recibir en su lugar.
Es entonces cuando entendemos algo perturbador: nuestros hijos ya entraron solos a la cancha. Nosotros nos quedamos en la tribuna. Observando. Esperando. Confiando.
Por eso me impresionó tanto el rostro de Zidane.
Durante años fue uno de esos futbolistas capaces de cambiar el destino de un partido con un solo toque. Cuando el juego se complicaba, aparecía él. Cuando hacía falta una solución, aparecía él. La paternidad, en cambio, le proponía un desafío completamente distinto: no resolver, no intervenir, no salvar. Simplemente acompañar.
Aquella noche, Zinedine Zidane se enfrentó a una prueba para la que no existen entrenamientos ni campeonatos previos: observar cómo un hijo disputa un partido que debe jugar solo.
Porque llega un momento en que los hijos entran solos a la cancha.
Y entonces los padres descubrimos que la parte más difícil de nuestro oficio no consiste en enseñarles a jugar, sino en aprender a mirar desde afuera.
En medio de la vorágine noticiosa del país, más crispado que de costumbre, tres de las mejores plumas del país se unen para ofrecer una crónica mundialista distinta. Desde este martes y hasta la final del 19 de julio, Erik Ortega, Alfonso Cortez y Rafael Sagárnaga, coordinados por el director de El País Jesús Cantín, compartirán reflexiones, emociones y expresiones del “evento futbolístico más grande del planeta” y todo lo que mueve a su alrededor, porque “el fútbol nunca fue solo fútbol”, sino una excelente metáfora a través de la que se explica la vida, el mundo y sí, también el propio fútbol.
De momento se han sumado Karina Vargas, Mariana Ruíz, Marcelo Suárez y Pablo Carbone ¿Quieres sumarte? Escríbenos a [email protected]








